LA IGLESIA DEL SIGLO XXI EN ARAGON.

(¿una Iglesia con futuro?)

Álvaro Franch

 

 

Hablar del futuro de la Iglesia en Aragón parece, cuando menos, una osadía. Para unos aparece oscuro y difícil; para otros, ilusionante y purificador. Yo pienso que estamos viviendo el final de una etapa en que un modelo de Iglesia se resiste a morir y el que está naciendo, que es muy pequeño todavía, está costando sacarlo adelante.

 

Nos cuesta a todos abandonar la seguridad de “nuestra casa” (seguir haciendo lo de siempre) y correr riesgos, en la “calle”, donde se es uno más. Nos resistimos a apearnos del “poder” de nuestra organización, de nuestros bienes, y participar, desde la pobreza, en la búsqueda del Reino de Dios y su justicia. Y continuamos con nuestra ceremonias y ritos, vacíos de contenido, en lugar de celebrar la vida en proceso, con sus avances y sus dificultades.

 

Algunos apuntes de nuestra realidad.

 

El modelo de persona que hoy se esta promocionando es el de hombre y mujer “secuestrados” en un espacio lleno y en un tiempo ocupado.Los miembros de la iglesia no somos ajenos a la situación que viven los hombres y mujeres de nuestro tiempo; es más tenemos la obligación de conocerla a fondo y reconocer hasta qué punto nos afecta a nosotros y a nuestra organización.

 

La tan traída y llevada sociedad del bien estar ha logrado crear un modelo de persona que el psicólogo Enomiya Lassalle denomina “el hombre secuestrado”. Por supuesto que nadie busca directamente su secuestro y todos nos consideramos libres en nuestra forma de pensar, de juzgar y de actuar.

 

Todos nos movemos en una sociedad que es: democrática en la forma que no en el fondo; capitalista, dependiente del “amigo americano” y de las multinacionales; y colonizada por imágenes (cine y televisión), sabores (hamburguesas y coca cola), olores (contaminación y espacios naturales), “ruidos” (músicas de 40 principales y “cantos de sirena que nos atraen”) y por la estética (“cuerpos danone”, enfundados en estrechos pantalones vaqueros).

 

Este modelo de sociedad nos está conduciendo a tener, o desear tener, un espacio privado, lleno de cosas y cachivaches que no siempre necesitamos ni tenemos tiempo de utilizar, y una agenda apretada con actividades productivas: trabajo seguro y bien remunerado, a costa de lo que sea y de quien sea; relaciones con “gente guapa” y ocio prefabricado en lugares de moda aunque te aburras soberanamente.

 

Algunas y algunos, si todavía está de moda, asisten también a actos de carácter religioso: cofradías, bodas, procesiones, grandes concentraciones por alguna visita importante, etc. Es importante que la gente les vea, y hasta pueda tocarlos y charlar con ellos. Suelen ser generosos en sus donativos y limosnas para los pobres que se les aceptan sin ningún planteamiento sobre el origen de esos bienes.

 

Este modelo de referencia está publicitado ampliamente por los modernos medios de comunicación de masas; se facilitan medios para ir aproximándose a él poco a poco: los plazos, las hipotecas, las horas extras, el entrenamiento agotador para llegar a figura millonaria del deporte; y promocionado por los mercaderes de la droga, de la violencia sin sentido, del sexo. Lo que importa es destacar en alguna cosa, llegar al límite.

 

Pero no todas las personas caen en esta trampa. También encontramos en la sociedad a hombres y mujeres “liberados”, viviendo en espacios alternativos y comunitarios y con el tiempo organizado para el desarrollo personal y colectivo.

 

Yo les llamaría las personas del riesgo, de la apuesta y del no considerar nada definitivo ni propio. Son personas con futuro y con esperanza, capaces de afrontar cualquier tipo de situaciones que la vida va presentado y ofreciendo.

 

Podemos encontrarlos viviendo en la sociedad antes descrita, pero también en otros espacios y con otra normativa que la que esta sociedad trata de imponer a todos. Son defensores de la libertad personal en cuanto a las opciones vitales y a las distintas formas de plantearse su vida; respetan las opciones y las formas de vida de los demás.

 

Prefieren los espacios públicos en los que todas las personas tengan cabida y puedan aportar a la construcción de los mismos. Así que difícilmente vivirán en una zona de chales, de unifamiliares o con zonas privadas, en los que está restringida la relación a unas personas con determinada capacidad económica.

 

Suelen apostar por la creación de espacios alternativos y comunitarios, en los que lo más importante son las personas que aportan sus ideas, sus capacidades, su cultura, su forma de afrontar la vida propia y la de las personas que conviven con ellas. Las cosas materiales no son lo primero que te enseñan; las compran en la medida que las necesitan y no suelen depender de ellas. Eso sí, lo que tienen lo usan con cuidado para que les dure y no tienen mayor inconveniente en dejártelo si lo necesitas.

 

En cuanto al tiempo suele cundirles porque lo tienen bien organizado. Aparte de realizar un trabajo productivo, del que sacan lo necesario para vivir, les podemos encontrar en organizaciones solidarias de voluntarios y voluntarias, aportando su tiempo y sus bienes materiales y, sobre todo, sus ideas de cambio y de progreso para que la sociedad y las personas podamos llegar a ser más justas y más fraternas.

 

Son personas muy bien informadas de lo que acontece en cualquier rincón del planeta. No consumen la información tradicional: televisión y prensa convencional, sino que dedican un tiempo determinado a la información con periódicos y revistas especializados y eminentemente críticos con el sistema. Acuden también a los portales de Internet que transmiten la vida y los procesos de colectivos y organizaciones, que intentan transformar esta realidad tan artificial y manipulada por los intereses económicos de las grandes multinacionales.

 

Apuestan por unas relaciones interpersonales, sin ningún tipo de discriminación; siempre que sean grupos y personas que respeten la idiosincrasia de los demás y su capacidad de colaborar en proyectos de futuro que ofrezcan “espacio” para todas las personas y para todas las culturas en un plano de igualdad.

 

Esta realidad afecta a nuestra Iglesia.

 

En nuestra Iglesia conviven también estos dos modelos: los cristianos “secuestrados” y los cristianos “liberados”, que en ocasiones nos escuchamos y, a veces, nos tiramos los trastos y perdemos el tiempo miserablemente.

 

Podemos ver esto haciendo un recorrido por algunos de los “problemas” que la Iglesia tenemos hoy y a los que estamos dedicando mucho tiempo sin que aparentemente se vean visos de “solución”.

 

Muchos de ellos está interrelacionados y de cómo se planteen y se les de respuesta depende el que se vaya aclarando o complicando la situación actual. Por eso, juega un papel importante el cómo nos situamos, o nos dejan situar, los diferentes miembros de la Iglesia: laicos, religiosos y religiosas, sacerdotes y obispos.

 

En los últimos tiempos nos vemos más o menos afectados por los siguientes temas: las vocaciones, la formación de los cristianos, la autofinanciación, la pérdida de valores éticos y morales, la relación con la sociedad y sus estructuras, la aparición significativa de otras confesiones religiosas y de sectas seudo religiosas, el crecimiento de la marginación o “cuarto” mundo, etc.

 

En muchos de ellos sólo detectamos las consecuencias y tratamos de darles una solución, que en muchos casos resultan “parches”. Nos cuesta abordar las causas, ver qué parte de responsabilidad, por nuestra forma de ser y de actuar, tenemos en ellas y qué medios hemos de poner para procurar la transformación evangélica de la iglesia y de sus estructuras.

 

Todavía más lamentable es recurrir a los “demonios” de esta sociedad descreída y laica que tiene un comportamiento y una moral permisivos y que, cada vez, manifiesta una desconfianza mayor con las instituciones que, en otro tiempo, mantenían la moral, el orden y las buenas costumbres.

 

Algunos pensamos que una de las causas, que más nos está afectando, es el no haber asumido el Concilio Vaticano II y las vías de renovación y de cambio que se fueron abriendo en los primeros años de posconcilio. En muchas cuestiones nos hemos quedado en un cambio de formas, superficial: vestiduras, traducciones a la lengua vernácula, catecismos con lenguaje actual. Algunas ni las hemos tocado, o las hemos dejado en estudios y comisiones: la libertad religiosa, el ecumenismo, los medios de comunicación social.

 

Entre todas ellas, hay dos o tres que se desarrollaron posteriormente, en el pontificado de Pablo VI, y que están quedándose en cuestiones de grupos pequeños en la Iglesia, a los que se les presta bastante poca atención. Incluso se potencian y dan alas a otros grupos que, con las mismas palabras y medios similares, persiguen objetivos de tiempos anteriores al Concilio.

 

Me refiero a todo el movimiento que se despertó de las Comunidades eclesiales de base fruto de la definición de la Iglesia “Pueblo de Dios”; al tema de la Evangelización con la Encíclica “Evangeli Nuntiandi”, que se ha desarrollado más en los papeles que en la práctica; y al de la Pastoral Misionera o presencia de la Iglesia en el Mundo, sobre todo entre los pobres, que se está quedando en meramente testimonial y en un medio propagandístico.

 

La ilusión primera se fue diluyendo. El camino era largo y el trabajo duro. Los tiempos y los espacios de revolución y de cambio social, político, cultural y religioso, que en aquellos años eran abundantes, se fueron reduciendo.

 

Los idealistas y utópicos fueron desapareciendo o se les fue marginando; aparecieron los realistas y posibilistas que se fueron instalando en los órganos de poder y de decisión política, cultural y religiosa que han facilitado estos tiempos de posmodernidad y neoliberalismo en los que, sobre todo, las grandes potencias económicas y tecnológicas han hecho su agosto y han establecido sus normas y su orden.

 

La falta de aliento a las nuevas corrientes de teología y de profundización bíblica que alentó el Vaticano II, la continuidad en el método magisterial de nuestras catequesis, con Catecismos que se utilizan más para adoctrinar que para evangelizar, y la atención preferente a niños y a ancianos en estructuras que domina el clero, hacen que la imagen de Iglesia que tiene la sociedad sea la de una institución antigua, acaudalada y temerosa de los nuevos tiempos, de los nuevos movimientos sociales y de las personas que están fuera de ella y que, por lo tanto, no controla.

 

“Antigua porque sigue manteniendo las prácticas y costumbres de siempre. Pensamos que como sigue viniendo gente (bautizos, primeras comuniones, funerales), aunque cada vez se marche antes, hay que atenderles y tratar de convencerles. Además, como cada vez los curas somos menos y más mayores, podemos hacer menos cosas. ¡Ya vendrán tiempos mejores!, se escucha en algunas tertulias clericales.

 

“Acaudalada”: los templos, las casas, las curias, los colegios, las joyas, los objetos preciosos para el culto, etc. son un tesoro, una herencia acumulada por los muchos siglos de historia y la contribución de muchos cristianos y cristianas de toda condición, que se puede ver pero no emplear para algo práctico en ayuda y solidaridad; cuando sucede alguna catástrofe recurren a las colectas.

 

“Temerosa”: más propensa a condenar que a escuchar lo que está sucediendo a su alrededor y a dialogar con las personas y con los colectivos que lo están gozando y sufriendo. Hay temor al debate de ciertos temas: la sexualidad, la mujer, la autoridad, la homosexualidad, el divorcio,...que la sociedad tiene abiertos a la búsqueda y que la Iglesia se empeña en zanjar con declaraciones y documentos.

 

Algo deberemos ir pensando y haciendo, todos los miembros de la Iglesia, de cara a que la imagen que aparezca en la sociedad sea la de una Iglesia nueva, pobre y audaz; sólo así seremos fieles a la autodefinición de “la Iglesia, sacramento universal de salvación”, ya que la salvación de Jesucristo, su proyecto de Reino de Dios, es para todos los hombres y para todas las mujeres que vivimos aquí y ahora.

 

 

A tiempos nuevos, nuevos planteamientos

 

Hemos tenido tiempo suficiente para darnos cuenta de ello. Todas las aportaciones de las ciencias positivas: la sociología, la sicología, la antropología; de los modernos medios tecnológicos y las nuevas pedagogías están apuntando a un modelo de persona distinto y a una organización social diferente.

 

Frente a todo ello es preciso que, siendo conscientes de nuestro “secuestro”, nos liberemos lo más posible para transmitir la Buena Noticia de Jesús de Nazaret y su proyecto de Reino de Dios y procuremos las alternativas necesarias para poder vivirlo comunitariamente.

 

 

La VOCACIÓN fundamental: ser Pueblo de Dios en camino.

 

El descenso de vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida religiosa, desde los años setenta, y la edad avanzada del clero y de los religiosos y religiosas nos está haciendo vivir “secuestrados” en el viejo modelo sacerdotal y religioso, relacionado fundamentalmente con el templo y con todo lo que se realiza en él; así como de la vida monacal en los grandes monasterios.

 

Al hacer depender todo del sacerdote, la vida eclesial queda restringida a lo que se refiere a los sacramentos y a su preparación para recibirlos. La catequesis de niños y de adolescentes básicamente; y algo con adultos, en el caso del matrimonio y del bautismo de sus hijos, ocupa la vida de las parroquias.

 

La participación de los seglares queda reducida a temas organizativos y burocráticos; y, como mucho, a la comunicación puntual de su experiencia individual en la iglesia. El que tiene la “llave”, y no sólo del templo, para entrar y salir de la iglesia sigue siendo el cura, que es el que está todos los días en la iglesia.

 

Entiendo que la misión del sacerdote no es la de hacer de “portero”; ni debe de estar de cuerpo presente siempre que se reúna un grupo de cristianos y cristianas. La comunidad se junta a celebrar la fe y a profundizar en ella cuando sus obligaciones familiares, profesionales y sociales, se lo permiten. Sea la hora que sea.

 

La llamada al seguimiento de Jesús está dirigida a todas las personas, no sólo a los consagrados o ministros ordenados. La vocación fundamental es, por lo tanto, la del laico (laos=pueblo), la de ser Pueblo de Dios que se manifiesta, y vive como salvado, en medio de la vida de la gente y de sus organizaciones.

 

Las demás vocaciones, que yo llamaría funciones o tareas, han de estar al servicio de la vocación fundamental: el ser todos y todas comunidad de creyentes con la misión irrenunciable de anunciar el evangelio por todos los rincones del mundo, haciendo posible el encuentro del Dios de Jesús con todas las culturas y formas de vida, para que sea El quien nos ayude a vivir liberados y liberadas de todo tipo de esclavitud, incluida la religiosa.

 

Relacionado con este tema de la vocación a ser Pueblo de Dios, veo yo el de la jubilación en la iglesia, que no aparcamiento,  de seglares, sacerdotes y obispos. Porque también en esto nos podemos encontrar secuestrados, atrapados, por las estructuras que intentamos mantener a toda costa, por la resistencia tópica al cambio generacional y por las soluciones estereotipadas que se dan a esta etapa de la vida que, al menos en las sociedades más desarrolladas, está siendo cada vez más larga.

 

Es tiempo ya de cambiar la estructura clérigos-laicos por la de comunidad-ministerios en la que se sientan como imprescindibles las acciones fundamentales de toda comunidad de creyentes: la celebración la fe de todos aquellos y aquellas que han dado su adhesión libre a Jesucristo, el anuncio del evangelio que esa comunidad realiza en los ambientes donde se mueven sus miembros, y la vivencia del amor entre sus miembros y con todas las personas de su entorno, especialmente con las más desfavorecidas.

 

Actualmente, los asiduos en la Iglesia son los mayores de 60 años y un colectivo de niños que se está preparando para la primera comunión. ¿Qué pasa con el resto?

 

Las tradiciones y prácticas religiosas ya no forman parte de la vida normal, como lo eran en la cultura de origen rural que está dando sus últimos coletazos. Actualmente será muy difícil que un niño o una niña lleguen a ser cristianos sociológicos por “herencia” de la generación anterior. El substrato de religiosidad popular es más superficial, coyuntural y folclórico, en el peor sentido de la palabra, aunque el número de practicantes ocasionales sea alto, incluso siga creciendo.

 

Este dato lo podemos constatar con tres fenómenos que están sucediendo estos últimos años: los tambores y bombos de la semana santa, las celebraciones de los sacramentos de iniciación y sus correspondientes saraos, y las “concentraciones” masivas de jóvenes, convocados por la figura del Papa Woytila. ¿Dónde está toda esa gente el resto del año?

 

¿Con qué comunidades de creyentes celebran su fe, se plantean el anuncio misionero del evangelio de Jesús y revisan su vida?

 

El reto de llevar el Evangelio a la vida cotidiana y concreta de las personas, de las familias y de los colectivos, no lo van a poder afrontar los curas solos ni las comunidades organizadas y gestionadas por jubilados y jubiladas únicamente, porque seguiremos esperando que vengan a “visitarnos” y a “traernos los niños” para que los atendamos y, de paso, los eduquemos.

 

Este esfuerzo, y el trabajo creativo que supone, lo han de realizar fundamentalmente los y las jóvenes creyentes, que han respondido a la vocación de ser Pueblo de Dios, comunidad con diferentes ministerios o servicios. Ellos son los que viven y entienden las “ataduras” de la vida actual en sus propias carnes y experimentan los procesos, gozosos y costosos, de soltarse de las mismas por la fe en Jesucristo, para ser alternativas de vida que se ofrecen y construyen con sus semejantes.

 

En cualquier colectivo o comunidad de personas son necesarias muchas funciones y, cada una de ellas, la realizan mejor personas de diferentes edades. Cuando uno se va haciendo mayor ya no está para “jugar” en cualquier momento, pero si para disfrutar observando cómo “juegan” los que están en esa etapa.

 

En la iglesia, ser jubilado nunca debería de ser un “impedimento” para que otros crezcan, ni “sentirse imprescindible” porque no hay otros que me sustituyan, ni “sentirse inútil” porque nadie me hace caso.

 

En una comunidad de creyentes, los jubilados y las jubiladas deben, como en cualquier lugar, seguir buscando su “espacio liberado” en la comunidad y poner a disposición de la misma su “tiempo liberado”. Han de ser para todos la “referencia” de unos procesos vitales más logrados, los “comunicadores” de la alegría y de la sencillez en la vida cotidiana y los “servidores” de la serenidad, de la esperanza y del compartir en la vida comunitaria.

 

 

El comienzo del camino: la “entrada” en la vida de la comunidad.

 

Ante la afirmación de que “en la Iglesia había muchos bautizados, pero pocos evangelizados”, las parroquias y comunidades, sin renovarnos prácticamente en nada, nos lanzamos a cambiar de libro: en lugar del Catecismo, hicimos promoción del Nuevo Testamento; sin pararnos a discernir si los miembros cualificados de la Iglesia estábamos realmente evangelizados.

 

No se trata de saberse los evangelios de memoria ni de conocer en qué evangelio se encuentra tal o cual pasaje. La cuestión fundamental es si nuestra vida personal y comunitaria es buena noticia para los demás, Y esto sólo lo vamos descubriendo en la medida que nos acercamos al verdadero “espíritu” del Evangelio y nuestra vida se va conformando, como la de las primeras comunidades y la de los primeros seguidores y seguidoras de Jesús, según su Espíritu les iba inspirando.

 

Por eso entiendo que, a la hora de plantearnos la formación en la Iglesia, hemos de ser conscientes de que no es lo mismo verla desde las necesidades de la institución que desde la “urgencia” de extender el Reino de Dios, el proyecto de Jesús.

 

No es lo mismo formar personas para dirigir la institución o para aplicar en la sociedad y en sus organizaciones las consignas que dimanan de ella, que incorporar hombres y mujeres a un determinado estilo de vida, que es confrontado, permanentemente, con el Evangelio, con su vivencia comunitaria y con los avances, las dificultades y las resistencias que todos y todas ponemos al progreso de una vida verdaderamente humanizada y humanizadora en todas las personas y en todos los pueblos de la tierra.

 

Nuestro empeño fundamental ha de ser la presentación de la persona de Jesús de la forma más clara y sencilla para que todas las personas, de todas las culturas, lo puedan entender y, con la mayor libertad, se planteen su seguimiento en una comunidad de creyentes, sin sentirse nunca cristianos o cristianas de “segunda división”.

 

Debemos de ir liberándonos de la preocupación por el número (ser muchos para tener más “fuerza”), porque todo el mundo sepa lo que hacemos (salir en los medios de comunicación), por el reconocimiento social (lo hacemos mejor que los demás), por los títulos (sobre todo los que alejan de los humildes y sencillos), por la construcción de templos y locales (se están vaciando los que tenemos y están infrautilizados) y por tantas cosas que nos impiden o dificultan dedicar tiempo a lo fundamental.

Mantener la “puerta” de la comunidad bien abierta, para poder entrar y salir con total libertad. Esa puerta que somos nosotros mismos y nuestra forma de ser y de actuar. Poder entrar dentro no supone que se es miembro de la comunidad, ya que en todos los hogares hay “invitados” que están de paso.

 

Poder salir fuera no es marcharse de la comunidad. Hoy, más que nunca, vivimos con una gran movilidad por diferentes motivos: el trabajo, la familia repartida, las vacaciones, el conocer otras culturas y formas de vida, etc. pero siempre mantenemos un lugar de referencia, un sitio donde volvemos. En las comunidades cristianas de referencia no está toda nuestra vida, fuera de ellas también hay una vida (otras actividades, otros compromisos, otras personas) que enriquecen la nuestra y con la que enriquecemos la de nuestra comunidad.

 

En ocasiones parece que, una vez atravesada la “puerta” de entrada a la comunidad, esta se cierra y ya no se puede salir a vivir lo que sucede fuera de la iglesia porque nos contaminamos o no tenemos nada que ofrecer; “si quieren algo ya vendrán”.

Y esto es lo que la gente hace porque no les ofertamos otra cosa. Vienen a solicitar nuestros “productos” (sacramentos, ayuda económica y “bendiciones” a sus cosas y sus acontecimientos).

 

 

“Andando por el camino”: para seguir siendo caminantes.

 

Es necesario que las personas sientan que caminamos a su lado: que sus alegrías son nuestras alegrías y que sus preocupaciones son también las nuestras. (G.S. 1) Y esto no sólo porque somos buena gente, sino porque realmente estamos recorriendo el mismo camino que ellos y que mucha otra gente a la que todavía no conocemos.

 

Para poder hacerlo nos hemos liberado y nos dejamos liberar. Es decir, hemos decidido vivir el estilo de vida de Jesús, el hombre libre por excelencia, que, “ungido por el Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hech 10,38).

 

En este éxodo hacia la libertad plena, que nos muestran los escritos del Nuevo Testamento, Jesús elige el camino de la “obediencia” al Padre y de la “atención permanente” a la vida de las personas de su alrededor.

 

La obediencia le conducirá a entregar su espíritu al Padre, en la hora final, y la atención permanente a partir siempre de la realidad que viven las personas, de cómo la viven y de las consecuencias que esto tiene: mientras unos se sienten satisfechos, otros son desgraciados y son condenados a vivir en los márgenes o fuera de la colectividad, de la organización.

 

Por eso, Jesús no organiza, ni quiere que se organice en torno a él, ningún grupo de poder, o de presión, o de estudio de la Ley, tan habituales en su tiempo. Cuando aparecen grupos: los doce, los setenta y dos, es para encomendarles la tarea de anunciar que el Reino de Dios está cerca y para que sean testigos de lo que están viendo y oyendo. Y la mejor manera de hacerlo será viviendo como él.

 

Pienso que los cristianos y las cristianas, que libremente hemos optado por el seguimiento de Jesús en comunidad, necesitamos más que una formación, una conformación al estilo de vida de Jesús. La formación ha de ser un medio que nos ayuda a ir alcanzando el objetivo: liberarnos de todo aquello que nos impide ser testigos, con nuestras obras y con nuestras palabras, del Jesús del evangelio y de la historia viva de la Iglesia, la que van escribiendo, con sus vidas “crucificadas-resucitadas”, hombres y mujeres de todos los tiempos y de todas las culturas.

 

 

Medios para el “camino”: los materiales y los de comunicación.

 

La Iglesia hoy encuentra dificultades para hacer creíble su mensaje; una de ellas es la imagen de una iglesia “rica”, que continua pidiendo a sus fieles aportaciones económicas y no discierne mucho de quién y de dónde vienen los grandes donativos y herencias sustanciosas.

 

A parte de que cada vez hablamos menos de ser pobres y del valor de la pobreza para la evangelización, da la impresión de que una de nuestras finalidades es aumentar el patrimonio, de por sí ya muy abundante y, en estos tiempos, muy costoso de mantener.

 

Es complicado entender que para presentar un mensaje como el del evangelio de Jesús, basado en la confianza incondicional en el Padre Dios y en la comunicación de toda clase de bienes entre sus seguidores y seguidoras, sean necesarios tal cantidad de bienes materiales que dificultan la capacidad de movimiento hacia los demás, para poder acompañarles por caminos de liberación.

 

Me parece importante plantearnos el desprendimiento de todo aquello que nos resulta pesado de arrastrar y se convierte en una inversión de tiempo y de personas, necesarios para la presentación del mensaje de Jesús a los que todavía no lo conocen realmente y para la participación en las luchas por la liberación de toda clase de esclavitudes que vivimos los hombres y las mujeres en todas las partes del mundo.

 

En estos tiempos que corremos deberíamos esforzarnos en vivir muy atentos a lo que ya tenemos montado: ¿a quién y para qué sirve? Y si realmente tenemos claro que nuestra misión fundamental es la de anunciar el Evangelio, desde nuestra vida comunitaria y desde nuestro estilo de vida personal, ¿qué es lo que de verdad necesitamos?

 

Soy de la opinión de que “rentabilizamos” muy poco nuestros lugares y nuestras capacidades comunitarias; y de que utilizamos poco, o nada, los lugares públicos y las organizaciones y estructuras que existen a nuestro alrededor; de que es necesario salir de lo nuestro si queremos encontrarnos con la vida real de las personas, así como acoger y ponernos a disposición de la vida que nos llega de fuera de lo nuestro.

 

Por otra parte, fruto de nuestra privatización, duplicamos muchos esfuerzos en tareas y en estructuras que otros están haciendo en la sociedad porque es su competencia y porque todos los ciudadanos y todas las ciudadanas tienen derecho a disfrutarlas. En cuyo caso no sería más evangelizador el participar en ellas, como unos y unas más, colaborando en la construcción de una sociedad y de unas estructuras más humanas y más justas.

 

Todo esto tiene que ver con otra de nuestras preocupaciones: los medios de comunicación. Máxime en estos tiempos que vivimos, en los que cada vez llegamos a menos gente con los medios con los que antes llegábamos a casi todo el mundo. Hoy las cosas han cambiado, y mucho.

 

Es cierto que en el proceso evangelizador se ha de dar el anuncio explícito de Jesucristo, pero también en esto puede aparecer la tentación del “secuestro”: como nos sentimos los poseedores del verdadero mensaje de la salvación, lo que necesitamos son el mayor número de medios y los más modernos para transmitírselo a todos.

Otra “atadura” es pensar que lo que hacemos es tan bueno que todo el mundo tiene que estar informado y metemos esfuerzo, tiempo y dinero, en la elaboración de hojas informativas, boletines, revistas, carteles, etc. con los que más que sensibilizar, “agobiamos” al personal.

 

Además de lo anterior, está también la desconfianza manifiesta con todos aquellos medios y personas que no son de los nuestros. No son objetivos, nos manipulan, tergiversan la verdad, falsean los datos, son entre otras las descalificaciones que les hacemos.

 

También en los temas de la comunicación sería bueno que nos planteáramos caminos de liberación. Yo propongo los siguientes: la verdad, como la vida, no se puede encerrar; la cantidad de medios informativos no ayuda a estar mejor informado y la importancia de una noticia no la da el estar todos los días en primera página.

 

Voy a intentar explicarme. Lo primero sería ponernos de acuerdo sobre el Mensaje y los mensajes que queremos transmitir para no repetir tantas veces lo mismo y no hacerlo con tantas publicaciones y campañas de diverso índole que lo que hacen es despistarnos, utilizar muchos materiales y dirigirnos siempre a las mismas personas.

 

Esto nos lleva a pensar en los destinatarios. Estamos de acuerdo que el mensaje de Jesús de Nazaret es para toda las personas, pero ni todas las personas ni todos los colectivos se muestran receptivos a él. Hoy, igual que en tiempos de Jesús, las personas que están bien situadas, en todos los órdenes de la vida, no necesitan ningún mensaje de liberación, piensan que viven muy bien como están y ya son muy libres.

 

Los destinatarios a los que nos deberíamos dirigir fundamentalmente son aquellos que viven situaciones reales de opresión por cualquier causa y los que no están conformes con la situación actual de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Todos estos necesitamos el mensaje de Jesús y una “traducción” que nos ayude a relacionarnos con Él, a vivir más y mejor en comunidad y a poner todo nuestro empeño en la transformación de la sociedad y de sus estructuras.

 

que quieran participar en esos medios, para responder a lo que se les transmite, para comunicar las experiencias que pueden ayudar a otros o, simplemente para dar su opinión, no encuentren ningún impedimento. Además esto cada vez resulta más fácil por la cantidad de medios técnicos que hoy existen.

 

“Vosotros, buscad el Reino de Dios y su justicia”

 

todos, hemos de procurar un juicio crítico y constructivo de la situación actual para seguir caminando con esperanza, y sin miedo al presente, hacia el futuro que todas y todos queremos construir.

 

A lo largo de la historia de la Iglesia se han ido reformando y cambiando cosas, que parecían inamovibles, por oposición a nuevas formas de comprender el mundo y la persona humana, que iban apareciendo, o por decisión ante situaciones que se hacían insostenibles y dificultaban la vivencia y difusión de la buena noticia de Jesús.

 

Al “aire” del espíritu del N.T. han ido naciendo en la Iglesia diferentes grupos, movimientos, ordenes religiosas y otros colectivos de creyentes que han procurado trabajar con una intencionalidad: la de mantener lo fundamental, que se estaba perdiendo como tal, y tratar de fomentar algo de lo que no se estaba viviendo o haciendo; siempre con el carácter misionero de hacer presente, en medio de la vida de la gente, la salvación de Dios para los más desfavorecidos y desfavorecidas de cada época y de cada lugar.

 

Porque, a pesar de nuestras resistencias y las de la institución, hay cosas que ya no tienen vuelta atrás. Poco a poco, por el peso de los hechos y por la fuerza del Espíritu, que actúa en la comunidad de los y de las creyentes, nos vamos convenciendo de algunas cuestiones fundamentales:

 

·        Que la tarea fundamental de la iglesia es presentar a las personas con las que convivimos la alternativa de Jesús, su proyecto de Reino de Dios. Y hacerlo siendo pobres y viviendo en medio de ellos.

·        Que la fortaleza necesaria para realizar esta tarea la hemos de buscar en el crecimiento de nuestra fe. Profundizando, con libertad, en el misterio de Dios y en el misterio de los hombres y de las mujeres que vivimos hoy.

·        Que los hombres y las mujeres, ajenos a esta experiencia de Dios, han de sentirnos más cercanos a su vida cotidiana y a los grandes problemas que afectan a la humanidad, que a nuestra organización interna y a las normas que les imponemos en muchas ocasiones.

·        Que los hermanos y hermanas ortodoxos, protestantes y de otras religiones han de ver que damos pasos hacia ellos, que reconocemos nuestros errores, y que somos capaces de vivir juntos todo lo que nos une.

·        Que las personas, que trabajan por un mundo más justo y solidario, necesitan ver y sentir que ese trabajo también es el de los cristianos y cristianas.

·        Que tenemos, como Jesús, una especial atención y dedicación a los más débiles y desfavorecidos y que apostamos por su dignificación humana.

·        Y que la vida y la tarea de la iglesia, con todo lo que conlleva, son responsabilidad de todos los creyentes y de todas las creyentes, que conformamos el Pueblo de Dios.

 

 

Para actuar en un mundo en tensión: “algo nuevo está naciendo, ¿no lo notáis?

Primeramente tendremos que superar la tentación de contemplar el “escaparate” que nos ofrecen los demás con sus maneras de ser y de actuar. A nosotros, los creyentes en Jesús, también nos miran; y pasan de nosotros si lo que hacemos es repetir costumbres y tradiciones que al hombre de hoy no le dicen nada; no les vamos a cuestionar nada si no provocamos, con nuestra forma de vivir y de actuar, el interrogante de por qué vivimos de esa manera.

 

Para eso habrá que contemplar nuestra vida y ver qué respuestas estamos dando a los conflictos, grandes y pequeños, que tenemos las personas que nos movemos actualmente por este planeta: el hambre, la guerra, el desempleo, la violencia, la manera de vivir la sexualidad, etc.

 

La respuesta tendrá que ser con nuestra implicación activa en la resolución de los mismos; ofreciendo nuestra alternativa comunitaria y nuestro estilo de vida solidario con los que peores situaciones viven, por causa de los conflictos antes mencionados. Y no sólo con declaraciones y documentos coyunturales.

 

Habrá que “salir a la calle” y dejar de dar vueltas y vueltas en el interior de las iglesias con el único objetivo de mantener a los que vienen y todo lo que tenemos, porque obtendremos los mismos resultados, pero con menos gente.

 

Aparecemos como un grupo más de personas, que cuida de si mismo y se conforma con hablar en el interior del mismo y escribir para sus miembros, que además no le hacen mucho caso. Encima se dedica a atender a personas y colectivos que ese sistema va dejando en los márgenes de la vida y se desentiende de ellos.

 

Sin embargo, el grito de esos excluidos está en la calle. La búsqueda y propuesta de alternativas está en la calle. La defensa de la persona por encima del dinero, de la conservación de la naturaleza por encima de su depredación, de la diversidad de culturas y pueblos por encima de la raza única y superior, está en la calle.

 

Y todos nosotros y nosotras. Que decimos tener y celebrar una propuesta de Nueva Vida, realizada por Jesús de Nazaret, deberíamos estar en la calle junto a todos los excluidos y excluidas.

 

Habrá que” mostrar una imagen diferente” que resulte significativa para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo; menos preocupada de ella misma y de lo que acontece en su interior y más valiente a la hora de abrir caminos por los que transite una vida, merecedora de tal nombre, porque llega a todas las personas y a todos los lugares de la tierra.

 

Quiero confesar, al terminar estas páginas, mi amor por la Iglesia de Jesús en la que quiero vivir la fe con otros cristianos y cristianas en búsqueda, sean ordenados o no; apostando por una inserción comprometida en la sociedad, colaborando con todas aquellas personas y colectivos que quieren ser y vivir como hombres y mujeres liberados, participativos y animados por el Espíritu.