El Único Cristo. La Sinfonía Diferida

Christian Duquoc

Sal Terrae, “Presencia Teológica” 2005

 

José Luis Briz

briz@unizar.es

 

 

Duquoc es un dominico profesor de Teología en Lyon con nombre propio en la Cristología actual. Este libro analiza la división religiosa, el carácter errático de la historia humana, y la discordancia entre esta historia humana y el cosmos, indiferente a la misma y que la amenaza con un final científicamente indiscutible. En estas circustancias ¿Qué sentido tiene sostener que Cristo es el Señor de la Historia y su final?¿Qué sentido la afirmación básica de la fe cristiana de que en Él se recapitularán todas las cosas? ¿Qué sentido si Cristo es lo que por fe interpretamos de Jesús, un judío marginal cuya historia nos ha llegado notablemente distorsionada y manipulada y cuya existencia ha creado, precisamente, notables divisiones a lo largo de la historia?

A esto Duquoc responde, partiendo de una idea de P. Ricoeur, con una hipótesis potente y sugestiva: las divisiones son fecundas, las religiones y posicionamientos humanos son fragmentos con sentido propio de una sinfonía final aún no ejecutada. Ningún fragmento puede considerarse como leit motiv de la sinfonía, y su unidad no puede consistir en el conjunto de “sus cosas comunes” (“No saben que la mitad vale más que el todo!” ha señalado Urs Von Balthasar citando a Hesíodo). El sentido y estructura final de esta sinfonía se nos escapa y como mucho sólo podemos sentir o sospechar que tal sentido existe. “El vínculo entre los fragmentos es indefinible en el tiempo intermedio [Ascensión-Parusía] porque la totalidad es inimaginable”. El sentido crístico de la historia nos está velado, no es posible deducirlo de la historia humana. Y la idea de que en Cristo se articulan la historia humana y la del cosmos es estética, pero escapa al ámbito y posibilidades de la Teología: la apocalíptica tradicional (“la discordancia se debe al pecado”) está lejos de la cosmología y la ecología actuales, y la mejor aproximación moderna (T. de Chardin) deja de ser asumible cuando supone la transferencia de leyes progresivas de la evolución natural a la humana.

 

Pero las iglesias cristianas no pueden renunciar a profesar que Cristo es Señor de la Historia. Y sin embargo ninguna de ellas puede constituirse en horizonte unificador para todas las religiones. Las disidencias entre cristianos están llenas de riqueza. La ruptura con los judíos es una herida por cerrar. Y respecto a las otras religiones es absurdo indicar un horizonte común o buscar una base mínima de acuerdo: hay que abrirse al diálogo pero cada fragmento debe de profundizar en su lógica. ¿Cuál es el camino entonces para la Iglesia? Remitir siempre a Jesús de Nazaret, un personaje que cuestiona con sus palabras, actos y condenas superando ampliamente a las instituciones que históricamente lo transmiten (“Los dioses son manipulados: no hay que temerlos. Son peligrosos los manipuladores e intérpretes, que impiden elegir sólo y con libertad el propio destino”). El Cristo postpascual no puede desligarse nunca de Jesús, el judío galileo, el de la palabra, actitud y vida abierta y tolerante. La raíz es pues el “Jesús [que] anuncia una presencia benévola que libera de preocupación y que a su vez no se preocupa más que por el bien del hombre. La conversión consiste en ejercer uno mismo esa benevolencia para con el entorno y hacerse así capaz de percibir la presencia de Dios como benéfica y no como temible”. En mi opinión esta obra de Duquoc, que no es precisamente una cristología ascendente, se inserta sin embargo en la tendencia (¿necesidad?) actual de toda la Cristología de reformularse desde el Jesús Histórico.

El autor no sólo ofrece aportaciones importantes para el diálogo interreligioso, sino que también esboza una teología del Espíritu como fuerza que impulsa tanto el deseo de unión como el de libertad, impidiendo una unión prematura y aplastante basada en la violencia:  Las divisiones son garantes de una universalidad que se niega a inmiscuirse en la Historia mediante la violencia institucional y el desprecio hacia las creaciones y aventuras humanas. El Resucitado deja que el mundo siga su proceso de maduración multiforme y que las religiones tengan sus propias experiencias diversificadas”. El mismo Dios divide en Babel para evitar una unión prematura (empobrecedora¨), despierta la diversidad de lenguas en Pentecostés, y mueve a la vez proféticamente a la libertad (que implica pluralidad) y a la unión (no uniformizadora). Como el Siervo de Isaías, no rompe la caña quebrada ni apaga la mecha vacilante (Is 42, 3).

La hipótesis de los fragmentos es provocativa y Duquoc lo sabe. Por eso hila muy fino en pasarelas por las que su hipótesis nos hace caminar por la ambigüedad, apuntalándolas allí con cautelas que sin duda se abren a la controversia e invitan al debate. Todo el libro se desarrolla sobre la discusión subyacente entre la modernidad y la actual crisis ligada a la postmodernidad y a su supuesto final de la Historia. El discurso en ocasiones es brillante, en otras se agredecería una mejor estructura y mayor concisión, y en muchas presupone un cierto conocimiento del los contextos en que se mueve o sobre los que razona: no es un libro para leer cansado!

El libro se estructura en cuatro partes: a) estudio de la separación entre Israel y la Iglesia Cristiana, b) estudio de la situación actual del pluralismo religioso, c) análisis sobre la finalidad de las historias humana y cósmica y d) desarrollo y síntesis de la hipótesis de los fragmentos y del papel del Espíritu. A continuación continúo con un resumen de las mismas que tiene como objetivofacilitar la comprensión de la estructura general de la obra y la relación de cada capítulo con su hipótesis fundamental, intentando en el camino iluminar algunos supuestos no siempre obvios, y basándome en todo lo posible en frases clave del propio autor. No obstante, toda discusión sobre la hipótesis de los fragmentos debe, desde luego, comenzar por la discusión con el propio Duquoc a través de la lectura directa de su libro.

 

 

Primera parte

La separación entre Israel y el cristianismo no es un malentendido sino que atañe al corazón de la fe. En “El vínculo desatado” Duquoc sintetiza los puntos de enfrentamiento entre Jesús y sus correligionarios y postula que suponen una verdadera ruptura porque atañen al vínculo que le une a Aquél al que llama su Padre. Puede ser interesante  recordar aquí que desde el propio judaísmo se vienen ofreciendo visiones positivas que explican a Jesús en el seno del judaísmo, desde el judío ético de J. Klausner (“Jesús de Nazaret”, 1907) hasta el superador de la ley presentado por D. Flusser, precursor de la “nueva búsqueda” (“Jesús en sus palabras y en su tiempo”, 1968 /trad. esp: 1975), pasando por el profeta de C. G. Montefiore (“The synoptic Gospels”, 1909 - 1927 y otras obras). Recientemente, como es bien sabido, buena parte de los autores de la “tercera búsqueda” resitúan a Jesús en el judaísmo escatológico  (E.P. Sanders, G. Theissen, J.P. Meier) o ético (J.D. Crossan). Duquoc se distancia de quienes sitúan a Jesús entre los fariseos, y de la teoría del malentendido: a Jesús se le condenó porque atentaba contra la esencia misma del “status quo” (algo que los sinópticos tienden a poner de relieve) y no sólo para apaciguar a los romanos, que podían sospechar una sublevación (tradición joánica: Jn 11 47-53). Pero ciertamente Jesús no fundó una nueva religión contrapuesta o enfrentada al judaísmo. Se sostiene con fundamento razonable que incluso la primera comunidad jerosolimitana gozó cierto tiempo de la simpatía de los fariseos (P. Winter, “Jesús y Santiago según Josefo”). Como señaló Wellhausen en 1911 “no fue cristiano sino judío”, se dirigió a “las ovejas descarriadas de la Casa de Israel” pero su misión no funcionó; fue, nos dice ahora Duquoc, “un desastre inacabado que sigue siendo actual”. En “La Alianza revisada” se sitúa en el punto de vista teológico, que remite enseguida a la Alianza, bajo cuya perspectiva la división no deja de ser un enigma. Más adelante Duquoc apunta que debería de ser posible un “acuerdo sobre el mediador y sobre las consecuencias prácticas de su aceptación o rechazo”.

 

Segunda parte: situación actual del pluralismo religioso

Desarrolla la reflexión en tres etapas.

a)  “La liberación redefinida” analiza el significado de la liberación en sentido moderno, proyectada sobre un futuro. Reconoce que “el corto plazo es el garante del largo plazo”, pero “querer dominar el futuro sin gustar la plenitud del presente es perderse en el vacío”. Jesús libera de un futuro ideal. Contra toda experiencia, Jesús afirma que “el tiempo se ha cumplido”.

b)  “El Dios manifestado” reflexiona sobre la misma noción de Dios. “Dios, al margen de lo que imaginamos como divino, temido o deseado, habita lo cotidiano y nadie lo percibe (Lc 7, 29-36)”. “Las religiones forman la policía de la divinidad, a la que asignan un lugar”, y establecen unas leyes para “para no atraer la ira de los dioses”. Jesús invierte los papeles: “la ley puede matar (Mc 3, 4-7) El Dios que se manifiesta a distancia de la Ley libera”.

c)  La Unidad repensada” plantea que el diálogo interreligioso debe “afrontar un presente cuya profundidad permanece ignorada”. En contra de posturas como la de Rahner o Kung, Duquoc plantea que no hay necesidad de un horizonte unificador “porque la plenitud se da siempre, aunque esté en espera de ser percibida”. Y cita a Ricoeur, sobre una idea de P. Tillich (p. 125): “es un acto fundamental de esperanza creeer que si profundizo en mí desde el interior y por el interior de mi convicción, tengo posibilidades de reducir la distancia con otro creyente de otra religión, si él emprende la misma dinámica de profundización”. Duquoc considera que “exiliarse de las instituciones religiosas o renegar de ellas no facilita la escucha de la palabra primera de Jesús [...] Es más sano [...] distanciarse de las vallas que las religiones levantan...”, como “Jesús se distanció de la tradición y de la religión institucional” [...] porque “el presente está habitado por Dios de tal suerte que el futuro adquiere sentido en él; pero la ceguera es tan tiránica que oculta esa presencia divina”.

 

 

Tercera parte: ¿en qué modo Cristo es Señor de la Historia y del Cosmos?

a)       Cristo y la Historia humana

 

Para el autor, afirmar que Cristo da sentido y finalidad a la Historia es un acto de fe y por tanto no racionalizable. El reino de Dios ya está aquí, dice Jesús, pero no se ve por ninguna parte. No hay datos de que la Historia se mueva en una dirección definida y con sentido, como pretendían los grandes relatos de la modernidad. Tampoco es sostenible “el final de la Historia”, ya que las democracias son imperfectas y el 99% de la humanidad está sumido en la miseria. Los intentos políticos de instaurar ese reino de Dios ha conducido siempre al desastre, la voluntad de hacerlo visible “aumentó la oscuridad de su presencia”. Hay que “pensar la Historia tal como se ve, no leerla tal como se desea”. Hay que interpretar, modestamente, a partir de los fragmentos que tenemos: siempre han surgido y continúan surgiendo iniciativas jurídicas, políticas, humanitarias paliar las desviaciones sociales o ayudar a salir a otros de la miseria física y moral.

¿Qué aporta Jesús (“Señor de la Historia”) en la Historia? Jesús no interviene en la naturaleza, no revela saberes ocultos sobre el mundo (es competencia de la ciencia y la filosofía), “deja a cada ámbito las responsabilidades de su gestión”.

En materia existencial “afronta la miseria presente, que reconoce y deplora, no enumerando soluciones ideales sino mostrando la primera preocupación de Dios: estar próximo al hombre en estado precario...”. En lo económico y político, Jesús no impone modelo alguno, pero las Bienaventuranzas (y yo añadiría las parábolas de la misericordia) desestabilizan todos los existentes, incluidas las democracias (“Final de la Historia”) porque para ellos, en la realidad, la justicia es una preocupación menor o un sueño idealista. Finalmente, el Cristo Resucitado da su Espíritu a unos testigos “para que hagan retroceder la lógica explotadora y surjan así indicios concretos de mundo nuevo”. Duquoc hace una pirueta entre ideal moderno y desencanto postmoderno: hay resultados reales, pero el avance es aleatorio. La Historia no tiene un curso definido por sí misma, pero el Espíritu mueve personas que “limitan la destrucción sin recurrir a la violencia o reproducir el odio”. El Espíritu “trabaja en colmar el vacío entre el ideal inscrito en el derecho mismo [...] y los intereses contradictorios que movilizan la violencia en su provecho...”

La comunidad cristiana establece una relación entre lo que hace y la acción del Resucitado. Fuera de las iglesias la actividad del Espíritu es anónima, pero pertinente. Pero el autor no cae en el optimismo: el quehacer histórico cristiano supone un discernimiento colectivo nada fácil, como se ha visto en las alianzas con el poder y los errores históricos. La aportación cristiana consiste en la originalidad en el modo de vida (aprecio por el mundo y la vida, reticencia a la competición), y en la capacidad cuestionadora del mensaje de Jesús: Cristo es Señor de la Historia porque su palabra se opone a que nadie considere que la Historia ha llegado a su Fin, a su perfección.

b)       Cristo y el Cosmos

 

La ciencia revela que el cosmos conocido acabará. El Cosmos es indiferente a la Historia humana y la aplasta. El Apocalipsis postula que ello se debe a la ruptura entre la humanidad y Dios; sólo se salvarán los justos. Esto está lejos de la cosmología y ecología actuales. ¿Unificará Cristo estas dos Historias? ¿Evita que el Cosmos aplaste al ser humano? Tras revisar el Principio Antrópico y el desarrollo de Theilard de Chardin en los términos expuestos al principio de este resumen, Duquoc señala que no podemos decir nada: hay que adoptar una postura de “humildad teológica”.

 

Cuarta Parte: La división fecunda

El recorrido por las tres partes anteriores nos conduce a una conclusión. La unión religiosa es un sueño. El señorío de Cristo sobre la Historia y el Cosmos, un enigma. El cosmos es hermoso, pero discurre ajeno a la Humanidad, que es un elemento insignificante. Parece por tanto ridícula la convicción de que en un mismo impulso, el Cosmos, la Historia, la diversidad de religiones y de iglesias cristianas son fragmentos de la acción única de Cristo, acción en la que se fundamenta toda la Cristología. Por eso el autor dedica su última parte a su hipótesis fundamental: las divisiones son fecundas, y bajo esta perspectiva hay que repensar de manera original—“si no paradógica”—la Cristología, de la que surge una auténtica teología del Espíritu.

a)       “El espíritu y el desvelamiento”

 

La causa tradicional de la división ha sido “el diablo” (diablo = “divisor, etimológicamente). Lo que engendra división es “malo”. No se trata de sostener que la división es “buena”, pero sí que encierra valores positivos. El Espíritu promueve la unidad sin coacción en un dinamismo sin origen ni fin. “Sopla donde quiere... pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va (Jn 3, 8). La libertad no tiene origen ni fin: “es la realización última de la vida”. “Una voluntad poderosa que arrastra tras de sí hacia un nacimiento no marcado por la muerte”. Percibimos la acción del Espíritu porque suscita vida, una libertad que no niega la del prójimo (Pablo: Gal 5, 13; Kant: “el prójimo no es mi enemigo sino que su libertad suscitada o reconocida por la mía es la condición de mi propia libertad”). Hace libre haciendo amar, “pero si toca el corazón provoca disfunciones institucionales y sociales, porque la sociedad no siempre actúa como garante de la libertad verdadera y de hecho llega a imponer el ‘terror’ en aras de la defensa de la libertad”. Se fundamenta en la palabra profética, pero “muestra el defecto de la palabra repetitiva que pretende la armonía inmóvil y sin fallo”.

b)       “Del judío Jesús al Cristo universal”

 

Es una tentación universalizar a Cristo para favorecer el diálogo interreligioso, pero no puede pensarse así. “Los cristianos piensan que en Jesús Nazareno se encuentra el destino de Israel, de la humanidad y de cada hombre [...] El diálogo interreligioso ha sacado a plena luz el carácter provocador de esta creencia [...]: Jesucristo es el Salvador de todos”. Sin embargo, y con sobrada razón, los creyentes no cristianos sospechan que el cristianismo pretende ser el polo unificador de la división provocada por su propia revelación: el cristianismo definiría el papel, la tarea, el valor del resto de las religiones. Por eso Duquoc recuerda que “...no hay acceso alguno a Cristo sin vínculo con la singularidad del profeta judío”. La relación entre el judío Jesús y el Cristo universal es decisiva para la lectura de los fragmentos. Hay que remitirse al origen, al Jesús concreto. Es la limitación del cristianismo, que “atañe al primer jefe de la Iglesia instituida, que no puede ser la síntesis de las religiones sin perder su historia y su identidad”. La palabra histórica de Jesús fundamenta la tolerancia, el diálogo y la búsqueda incesante de la verdad. Entiendo que Duquoc nos dice de algún modo que el Jesús histórica y geográficamente preciso está limitado en su propio fragmento, y sin embargo muestra como nadie el carácter provisional del mismo (y de todos los demás).

c)       “La sinfonía diferida”

 

Se necesita mucha flexibilidad para encajar la teoría del fragmento en el Vaticano II: “ El tiempo está retenido hasta el resplandor último. Lo diferido está por interpretar sobre el fondo de una afirmación: Cristo es el Señor de la Historia  (GS 45).  La sinfonía está en preparación pero ignoramos cómo se conciertan sus dispersos elementos porque no conocemos la partitura entera aunque adivinamos algo por las imágenes del Reino. La ausencia de Cristo   —presente de forma velada como Espíritu— entre su desaparición histórica y la Parusía, favorece la elaboración sin prisas de diferentes composiciones. Algunos creadores creen que la suya es la composición final, sin darse cuenta de cuántas capacidades sofocan. Es preciso coexistir positiva y no agresivamente con otras tradiciones, culturas, naciones, religiones. El cristiano no sabe cómo se hará, qué papel ocupará o no la Iglesia. Sólo sabe que no es un sueño infantil. La Iglesia es sacramento de salvación en la medida en que renuncia a ser el todo.

Falta un horizonte común; no es suficiente una base de mínimos, como la Ética Mundial de H. Küng. Sin embargo los fragmentos son interdependientes: belleza del mundo, carácter trágico de la Historia, empeño de los justos en hacer retroceder el mal... constituyen un “medio ambiente cómun” en el que todos se sitúan, interpretándolo de forma diferente (a veces contradictoria), y que está marcado por la ciencia, la técnica y la economía. Este medio ambiente colma y a la vez cuestiona: no hay soluciones claras y tranquilizadoras.

Cada fragmento se delimita por una “doctrina” que le da identidad, pero ningún fragmento puede reivindicar como suya la belleza del mundo, la tragedia de la Historia o la tenacidad de los justos. Además “el orden político internacional condena el repliegue hostil sobre la propia tradición, impulsando a un diálogo [que evite] un choque de civilizaciones”.

¿Cómo puede la Iglesia testimoniar que Cristo es Señor de la Historia sin ceder a la situaicón totalitaria de reducir todos los fragmentos a la unicidad de Cristo? Mediante el testimonio concreto, el modo de vida personal y comunitario, y la permanente remisión a un personaje histórico que con sus palabras, actos y condenas cuestiona a las propias instituciones que históricamente lo transmiten. La misión consiste en “dar forma a la interdependencia latente incitando a debatir cuestiones del entorno que ninguna religión domina”.