LA AVESTRUZ TROGLODITA

 

Troglodita era la única avestruz que quedaba en el desierto.  En el desierto cercano al nuevo reino recién civilizado.

            La avestruz, los domingos se iba al cine y se compraba cinco  pesetas de imperdibles, que devoraba nerviosa mientras los malos tiroteaban a los buenos.

            Entre semana, solo comía lo que encontraba: cremalleras, latas, corchetes, chinchetas y alguna que otra tachuela.

            Troglodita se llevaba bien con la gente, pero echaba de menos a sus semejantes los avestruces.

            De tanto comer lo que comía, la avestruz puso un huevo de aluminio.  Y del huevo salió un tractor.  Un tractor chiquito pero útil.

            El tractor salió andando andando y llegó hasta una granja pobre y se ofreció para trabajar gratis.

            Troglodita siguió los pasos de su extraño hijito y se quedó cerca de él mirando cómo arrancaba malas hierbas.

            Unos tremendos ruidos le hicieron temblar de pico a pata.  Los ruidos  crecían.  Troglodita llevaba una semana sin poder sacar la cabeza  de entre la arena, ya no podía más.

- ¿Cómo es posible que una tormenta dure tanto tiempo? –se decía-. Miedo me da pero me asomo.

            Se asomó y ... ¡qué tormenta ni mono vivo! Aquello era algo peor que tormenta y tormento.  ¡Aquello era una guerra! ¡Una “cacería”!

            Pero que cacería tan increíble.  Los pacíficos negritos de un lado de  la selva se habían liado a “cazar” a los pacíficos negritos del otro lado.

            Todos iban vestidos por primera vez, hasta llevaban correaje.

            Los niños, que nunca habían tenido un juguete entre sus manos, tenían ahora un fusil.

            ¡Disparos, explosiones, truenos, rayos y tambores!

            La avestruz no entendía nada.

            Temblando de miedo volvió a meter la cabeza bajo el ala.

            Los disparos le peinaban todas las plumas, tiesas del susto.

            El avestruz meditaba: “¡Es una vergüenza que yo esté así, pensando egoístamente sólo en mí y temblando como un cobarde conejo!”

            Troglodita sacó la cabeza de debajo del ala  y miró alrededor.

            ¡Qué horror! Con la noche se apagaron los ruidos y los fogonazos, todo era como la boca de lobo.

            Troglodita no veía nada, tenía un hambre que no veía, andaba despacito, levantando mucho sus largas patas para no tropezar con cuerpos.

            A los lados del río descansaban los guerreros.

            - ¡Ésta es la mía!  - se dijo la avestruz-. ¡Vaya festín que me voy a dar!

            Y así fue.

            Mientras dormían los soldados de ambos lados, Troglodita se tragó todos los fusiles de unos y otros.

            Las armas estaban “en malas condiciones” y Troglodita casi se muere intoxicada.

            Y GRACIAS A LA HEROICA AVESTRUZ REINÓ LA  PAZ EN EL REINO.

 

Moraleja:

Lo que no hace un político sin luz,

Lo hace una avestruz.

 

Gloria Fuertes 1996