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En un lugar del mundo había un hombre que no temía a Dios pero respetaba
a sus semejantes. Estaba desengañado de la justicia de los hombres y era presto a la cólera a causa de
ello. Vivía con su mujer y su hijo pequeño a quien trataba de
educar en el amor a la libertad y en el dolor de la lucidez. Habían
dejado todo por llegar a ese lugar donde servían al pueblo
enseñando y curando sus enfermedades. La gente vivía recelosa y
dividida, abandonada, como pastores sin ovejas, pues, a decir verdad,
criaban lana para un cacique que les malpagaba y atemorizaba.
Junto a ellos habitaba una religiosa que adoraba a Dios en espíritu y en
verdad y que se debatía entre la compasión y la obediencia. Y también
llegó a ese lugar un publicano descreído que sabía gustar la felicidad
de la ceguera; aunque su corazón aun era sensible al perdón. Todos
habían sido llamados a ese lugar y cada uno desde su imperfección
escuchaban la voz del pueblo y todos juntos la ponían en obra.
Y un día la violencia de los poderosos se cebó con ellos. Confundió el
corazón de los pobres y la inseguridad quebró la solidaridad. La
tenacidad se convirtió en cólera. Y llegó la muerte y con ella se les
acabó la utopía y el grupo se dispersó. Pero quedaron las miradas del
amor, las mismas que enseñaban a leer, apaciguaban la rabia o
restablecían la fe y curaban la indignidad.
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