Había una mujer que sufría malos tratos desde hacía muchos años. Nunca se quejaba de nada y se había gastado toda su vida y salud en cuidar a su ingrato marido y a su hija.

 

        El marido cayó enfermo y la hija en desgracia. Y la mujer se desplazó con ellos para cuidarlos más esmeradamente si cabe, solícita y sin darse a entender. Guardando las penas para ella y las alegrías para ellos

 

 

        Un día su corazón se quebró, sin hacer ruido; y por sus rendijas ella atisbó la reciprocidad de la ternura, el rostro amoroso de la vida. Pero su marido seguía despreciándola y su hija cada día se encontraba más sola. Y ella prefirió la fidelidad incomprensible a su propia felicidad.

 

 

En verdad os digo que esta viuda, ha derrochado más compañía que nadie, os lo aseguro. Porque todos dan amor cuando lo reciben pero esta ha dado de lo que le hacía falta, todo lo que necesitaba para vivir.

 

Mc 5, 25 y 12, 44