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MUJER Y TIERRA |
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ISABEL GOMEZ ACEBO, Profesora de Teología de la Universidad Pontificia Comillas de Madrid Bilbao, 7 de febrero de 2000
Acabamos de celebrar la entrada en un nuevo milenio. Las uvas, el champán y la velada un poco loca de la Nochevieja son la apariencia externa de un fenómeno que resulta más profundo de lo que aparenta. La humanidad necesita marcar puntos fuertes dentro de una historia que se presenta lineal, y, para ello resalta fechas y divide el tiempo en periodos y ciclos. Esta constante división de nuestra vida permite dar muerte al pasado y abrir nuevas páginas en blanco, con el valor añadido de que nos alejan del mundo cotidiano y nos liberan, aunque sea brevemente, de la monotonía del vivir. Así vemos que la vida, tanto de grupos como de individuos, se caracteriza por un constante disgregarse y reconstruirse según unos parámetros que siempre se consideran mejor que los previos y capaces de ofrecer un futuro mejor que el anterior. Dentro de esta dinámica, entrar en la nueva realidad se marca muy explícitamente, dando lugar a los ritos de paso. Las ceremonias del año nuevo suponen decretar la muerte del ciclo anterior y abrir uno desconocido pero cargado de esperanzas de futuro. Ni qué decir tiene que los números redondos, en este caso un milenio, tienen mucha más significación por la magnitud del periodo que se declara muerto. Pero el pasado enterrado también está cargado de mensajes, de memoria histórica afectiva ósobre todo de los orígenesó que se traslada a lo que ha de venir. El eterno retorno nunca lo ha olvidado del todo la humanidad, lo que obliga a imaginar unos comienzos grandiosos para tener un fin semejante. Se pueden ver las ceremonias del año nuevo como un intento de regeneración de la humanidad que vuelve al tiempo primordial donde todo era mejor, pues no se había contaminado con la maldad del ser humano. ¿Qué esperanzas de futuro nos abre el año 2000? Muchas, y todas dependerán de las personas que las sueñan, pero hay dos realidades que están en la mente de mucha gente y que hacen referencia a nuestro tema de hoy: mujer y tierra. Ambas cobran protagonismo por razones semejantes, se quejan del trato, mejor dicho del maltrato en el que las ha sumido la civilización occidental; una actuación que ha conseguido que la devastación de la tierra vaya de la mano con la feminización de la pobreza. El problema no es nuevo, pues ya Platón, en El Critias,denunciaba la situación de la tierra griega devastada por un problema de deforestación y exceso de pastizaje. Incluso antes, a principios del neolítico, habían desaparecido las especies de los grandes mamíferos y pájaros terrestres. Lo que sí es nuevo es la magnitud de la catástrofe, por las proporciones que ha alcanzado. El deterioro del medio ambiente, la desertización de la tierra y la contaminación de sus aguas y de su atmósfera no son una broma, pues atentan contra la vida del ser humano. Es el egoísmo el que levanta la voz sobre el problema. El problema afecta a todo el planeta, pero parece que, en los países del Tercer Mundo, el problema se ha agudizado, pues están consumiendo materias primas a un ritmo mayor que su reposición, no hay controles de medio ambiente, pues encarecen la producción y las técnicas de recolección han forzado producciones aumentando el consumo del agua, utilizando pesticidas y rompiendo ecosistemas que permitían la supervivencia de los pueblos campesinos, un porcentaje muy alto de su población. Todos conocemos las cifras y yo me voy a limitar a dar unas cuantas. Las bolsas de agua subterránea acumuladas a lo largo de siglos se están agotando. Los grandes regadíos, quizás más que los cambios climáticos, están acabando con el agua potable. Unos 500 millones de personas están sufriendo malnutrición. Si el mundo consumiera por habitante la misma cantidad de papel que la media de los Estados Unidos, bastarían dos años para acabar con todos los bosques del planeta, y ello aunque recicláramos todo el papel consumido. La desertización de la tierra avanza a pasos agigantados incluso en España. Al ritmo actual, en pocos años supondrá una amenaza de supervivencia para 1300 millones de personas. Podríamos seguir horas enumerando una lista cuyas magnitudes más o menos todos conocemos. Los avances y la llamada de atención que las mujeres y algunos gobiernos han propulsado hacen olvidar que la situación de las mujeres en el mundo deja de ser óptima, y, en el mejor de los casos, siempre peor que los varones de su entorno. La misoginia no es cosa del pasado aunque se avance por una buena senda. De nuevo, unos datos actuales para acaparar la atención. Las políticas encaminadas a la reducción de la natalidad en el Tercer Mundo, junto a los avances de las técnicas reproductivas que permiten conocer el sexo de un niño antes de nacer, han convertido en práctica habitual el aborto selectivo de las niñas. En China, el 93% de los abortos provocados eran de futuras mujeres, y lo mismo se puede decir de otros países asiáticos. En muchos lugares se ha tenido que prohibir, pues las autoridades coreanas consideraban que, de seguir así, la proporción masculina podía pasar a ser de 21 varones por mujer. Pero es que, incluso después del nacimiento, la tasa de mortalidad es mucho mayor en las niñas que en los niños, lo que va en contra de la naturaleza, pues las mujeres son más fuertes que los varones. Consideradas una carga, se las discrimina con una peor alimentación y atención sanitaria. Es práctica habitual en muchos países escolarizar sólo a los varones, con lo que a las mujeres se les dan menos posibilidades de acceder a puestos de trabajo. En el Tercer Mundo es frecuente la emigración del padre de familia a la ciudad,en busca de salarios cuando sus tierras erosionadas ya no pueden alimentar a su familia. Por lo general, allí forman un nuevo hogar dejando al primero a su suerte y a cargo de una madre sin recursos. El mundo de la prostitución mueve cifras económicas espectaculares. Hay allí mujeres y varones (las primeras más numerosas), algunas por su voluntad, pero habría que preguntarse si a muchas se les ha ofrecido otra oportunidad. La mayoría viven en unas condiciones por las que sus cuerpos son degradados, humillados, lacerados con la exclusiva pretensión de agradar al varón que paga ¿Son necesarias las relaciones sadomasoquistas en el comercio sexual? A esta lista habría que sumar la de todas las mujeres maltratadas por sus maridos o compañeros. Se conocen unas y otras, se ocultan, pues la madre de familia no denuncia los abusos por no abandonar el hogar y dejar a sus hijos sin la comida diaria. Las violaciones en la calle o el campo que muchas veces acaban en muerte y que no se han considerado delito de guerra hasta hace muy poco, eran parte del botín del ganador. No se salva el mundo religioso, pues por doquier están renaciendo fundamentalismos que rechazan la mayoría de las ganancias en el campo de las libertades femeninas, bajo la acusación de ser la principal causa de disminución de los principios morales en el mundo actual. Recordemos simplemente a las mujeres talibanes y todos los recortes a los que están sometidas: ni sanidad ni cultura. Pero yo me pregunto si, en nuestro credo, los problemas que sufre la familia no se achacan en exclusiva a las mujeres y a sus pretensiones de vida pública, en lugar de recordar a los varones que los hijos son de los dos y que los trabajos caseros no tienen por qué caer en una mano que gana un sueldo fuera del hogar. Sin ir más lejos, en nuestras civilizaciones occidentales las mujeres hemos conseguido la igualdad en el papel y en muchos sectores de la vida pública, pero, en la empresa privada, una mujer en puestos de mando se cuenta con los dedos de la mano y sobran. Por todo ello, y para no limitarnos a poner parches que mejoren la situación coyunturalmente, creo que es mejor ir al fondo, buscar las razones y ofrecer otros fundamentos que permitan mejorar la situación de nuestro pasado. Hay una intuición en muchas civilizaciones que ven semejanzas entre la mujer y la tierra. El mismo Platón veía a la tierra en el Timeo como una nodriza, una generosa mujer que proveía las necesidades de la humanidad. Los pueblos americanos hablan de la Pacha Mama y nosotros decimos la madre tierra, la selva virgen, los hijos de la tierra, palabras que emparentan elsuelo con las funciones de la maternidad. La semejanza se basa en que la tierra es nuestra madre auténtica, y no un mero símbolo poético. Pensemos lo condicionados que estamos por el hábitat en el que vivimos, el agua que bebemos, el paisaje que nos rodea, el clima,la luz. Las mujeres, por nuestro lado, podemos ver una semejanza entre nuestras funciones femeninas, menstruaciones, embarazos, partos,lactancias, y los ritmos de las estaciones del planeta. Nuestros cuerpos se alteran, florecen en la primavera de la maternidad y menguan en el invierno de la menopausia; producimos savia de vida en forma de sangre o leche de la que se alimentan los brotes que surgen de nuestro ser. La cercanía femenina a la tierra también tiene una faceta cultural, pues, mientras el varón se dedicaba a la caza, la mujer se ocupa de las funciones recolectoras. Las horas que transcurrieron en los bosques y campos les dieron un conocimiento profundo del mundo vegetal y de sus diversas especies. Advirtieron el proceso que siguen las semillas y comprendieron el enorme potencial que existía en reproducir el ciclo, lo que potencia la aparición de la agricultura. Esos conocimientos no se limitaron al campo alimentario, pues fueron descubriendo, a su vez, las plantas medicinales, lo que hizo de las mujeres las primeras curanderas y usuarias de la medicina natural. La relación de mujer y tierra no se hizo bajo constantes de dominio, sino de interacción. Las primeras reacciones del ser humano ante la naturaleza fueron de temor y asombro. Las primeras divinidades fueron Diosas consideradas como la Gran Madre, lo divino como raíz del ser y en estrecha relación con la vida. Algo semejante pasó ante la mujer, pues el varón contemplaba asombrado la función materna que se desarrollaba en los cuerpos femeninos, ignorante de su contribución, a la vez que también respetaba los conocimientos femeninos en las técnicas de recolección y transformación de materias primas. Esta situación de admiración de mujer y tierra duró mucho tiempo, hasta que se invirtió. Fue naciendo otra imagen que asemejaba a la naturaleza a una criatura salvaje e incontrolada, causante de la violencia en las más diversas formas. Paralelamente, también se desarrolla una segunda cara femenina que, junto a la virgen y madre benéficas, mostraba el rostro desfigurado de las brujas. La madre nutricia era capaz de dar paso a la castradora y todas las mujeres eran capaces de desarrollar en mayor o menor medida esa faceta. La conclusión fue obvia: mujeres y naturaleza debían ser controladas para que no se salieran de madre, y nunca mejor empleada la expresión. El terreno estaba abonado para la filosofía y el nacimiento de las teorías de Platón y Aristóteles sobre la pasividad de la materia y su subordinación al espíritu. El mundo, ese conglomerado de seres vivos en estrecha urdimbre, pasó a ser considerado un cuerpo muerto, sin vida, y la madre que queda embarazada es la imagen del principio que recibe pasivamente. El varón colocaba la semilla en su útero como el sembrador los granos en la tierra. Tierra y madre tenían un papel secundario, pues sólo aportaban el sustento para su desarrollo, ideas que no se alteran hasta los descubrimientos de Von Baer en 1826, sobre la existencia del óvulo, Y aun así, y debido a las implicaciones que representaba, se le volvió a dar un sentido nutricio, y no fue hasta Mendel, ya en este siglo, que se aceptó que, en el genoma humano, los dos sexos contribuyen. El desprecio de mujer y tierra no son cosa del pasado. Las citas son infinitas y yo me voy a limitar a un pensador de este siglo conocido, respetado y que ha influido mucho. Me refiero a Max Scheler, que dice la mujer es el ser que más pertenece a la tierra (de nuevo une mujer y tierra), es más parecida a una planta, y, en otro lugar, con la pacífica resignación del árbol está en la vida frente al angustioso drama del sexo masculino, siempre concentrado en agarrarse con fuerza a los principios fundamentales y orientativos de nuestra especie. Es decir, somos como árboles e incapaces de metafísica. Fueron,
pues, naciendo dos conceptos distintos y jerarquizados: naturaleza y
cultura. En el primero, militaban mujer y tierra, y, en el segundo, el varón,
dando prioridad a las funciones de los segundos que a las primeras. Las
mujeres vieron devaluados sus roles en casa y no se las dejó entrar en la
función pública, donde lo hubieran podido recuperar. Con el renacimiento y en una cultura occidental que empieza a mecanizarse, se empezó a pensar la relación en términos de dominio del varón basado en la máquina. Fue Bacon el diseñador de un programa que hacía de la naturaleza la esclava fecunda del hombre, un programa basado en el sistema jerárquico según el cual lo inferior está para servir a lo superior. Su propósito queda bien claro cuando dice: He intentado traer a la naturaleza y a todos sus hijos para que os sirvieran y fueran vuestros esclavos. El sistema baconiano utiliza un lenguaje metafórico que hace alusión al rapto, a la violencia, a la tortura, se asumía que se obtendrían más beneficios mediante los métodos violentos. Era el desarrollo del pensamiento del cazador que, como dice Ortega y Gasset, la sangre que fluye en abundancia embriaga, exalta, frenetiza tiene un poder orgiástico sin par. Esta actitud nos ha llevado a la situación actual, a una civilización que Horkheimer y Adorno definen así: La mujer se convirtió en la encarnación de la función biológica, la imagen de la naturaleza, cuyo sometimiento constituye la meta de la civilización. Durante milenios, los varones soñaron con conseguir el señorío absoluto sobre la civilización, convertir el cosmos en un inmenso coto de caza. Era este objetivo al que se orientó la visión del hombre dominada por el machismo. El saldo final no es bueno, con lo que lo bueno es que pensemos en cómo dar la vuelta al pensamiento para generar un fundamento intelectual de un cambio de praxis. Es bueno que dejemos oír a las mujeres, ya que esta política las ha afectado con más fuerza. Son las más pobres entre los pobres y, junto a la tierra, pueden ser dos pilares nuevos en los que sustentar la mejoría. La acción popular de las mujeres en muchos lugares del planeta ha llegado antes que la reflexión. Quizás el movimiento de defensa de su tierra más conocido fue el movimiento Chipko, en las montañas del Himalaya, donde las mujeres de una zona que se llama Garhwal protegieron sus bosques de una explotación comercial que quería talarlos. Se abrazaron a sus troncos poniendo en peligro a su propia vida; una política y rebelión que sirvió de modelo y se extendió rápidamente a muchos lugares de la India y a otros continentes. Estas mujeres sabían que su precaria existencia estaba ligada al bosque del que vivían. Pero al movimiento popular ha seguido toda una reflexión intelectual. Han ido apareciendo toda una clase de trabajos, escritos por mujeres en defensa de naturaleza y mujer, que se conocen con el nombre de ecofeminismo. Se parte de dos posturas opuestas en lo que respecta a la semejanza de la mujer con la tierra. A grandes rasgos, se asemejan a lo que en antropología se conoce con el nombre de feminismo de la igualdad y de la diferencia. Las feministas de la igualdad niegan que la mujer pueda tener más afinidad que los varones con la naturaleza. Su representante más genuina es Simone de Beauvoir, que postula una no diferencia sustancial entre sexos. La única postura que permitirá que la mujer mejore en la sociedad se consigue por el camino de su masculinización. La postura opuesta defiende el gueto femenino como lugar desde el que puede venir la respuesta liberadora, se debe crear un mundo propio y afín a la mujer. Una cultura que ha despreciado mujer y tierra debe dejar paso a una nueva civilización. Quizás en la cabeza de este grupo la persona más representativa sea Virginia Wolf. Con todo, los dos grupos tienen algún punto en el que se ponen de acuerdo. Pero antes de entrar en ellos, y dado que estamos en una ONG como es Manos Unidas, de origen cristiano, conviene ver lo que ha influido la religión en este discurso discriminatorio de mujer y tierra. Dice El Corán que los verdaderos servidores del Altísimo son aquéllos que pisan con cuidado sobre la tierra. En 1967, un profesor de Los Ángeles, Lynn White, escribió en un semanario cuáles eran las raíces históricas de la actual crisis, culpando al cristianismo. Basaba su crítica en tres razones. El establecimiento de un dualismo entre hombre y naturaleza, la insistencia en que la misión del hombre era de dominio sobre la naturaleza olvidando aspectos indispensables de cuidado y atención y la destrucción del animismo, pues resultaba más fácil la dominación sobre seres inanimados e inertes. No podemos despreciar la importancia del cristianismo en la civilización occidental ¿Era verdad la crítica de White? La tendencia a contemplar la realidad en una antítesis dualista es uno de los pilares sobre los que se apoyó la reflexión cristiana. El hombre era un conglomerado de materia y espíritu que debía su grandeza al segundo. El cuerpo era una cárcel donde estaba encerrada el alma que añoraba por desprenderse de su carne mortal. Esta naturaleza espiritual del hombre le jerarquizaba con respecto al resto de las criaturas y le colocaba en la cúspide de la pirámide. Sólo el ser humano estaba capacitado para mediar entre Dios y el mundo. La Iglesia contemplaba su misión de conseguir la salvación espiritual de una naturaleza caída y, aunque el cuerpo entraba en la idea de la resurrección, lo hacía por la puerta de atrás, pues sólo era el alma la que podía aspirar a la visión con Dios. Con San Agustín y luego el tomismo, nació la idea de los dos reinos; pertenecer al mundano suponía el rechazo de Dios. Comer, beber, casarse eran actividades necesarias, pero debían limitarse al mínimo. El dualismo ha perdurado hasta hoy: pensemos, sin más, en que no se podía negar que Jesucristo se había encarnado en un cuerpo mortal, pero primó, a la hora de describirlo, mucho más su divinidad que su humanidad. Marta y María, dos actitudes para desvalorizar la referente al mundo cuando se pueden ver como actitudes complementarias luchar por atender las necesidades materiales pero anclando esa labor del mensaje que llega de los labios de Cristo. Hijo del dualismo se clasificaban todos los seres, de manera que cuanta más materia, más alejados de la cúspide de la pirámide en la que gobernaba el varón. Antes de admitir la ordenación de las mujeres en 1936, es decir, ayer, la Comisión de Obispos anglicanos encargada de discutirlo apoyó su negación en la siguiente frase: Creemos que acordar la ordenación femenina tendería a una disminución del tono espiritual del culto cristiano. La imagen de Dios en el cielo tenía que ser la de un varón, pues la mujer no podía encarnar al ser más perfecto y espiritual. Eva era la causante de todo el mal del mundo y los animales están para el disfrute del ser humano. La reciente Catholic Encyclopedia dice de ellos: podemos usarlos, destruirlos a placer para nuestros propios fines, en beneficio y satisfacción propios. En el momento en el que la Iglesia se expande por el Imperio Romano, en la casa, a través del Pater Familias, y en el mundo de la política gobierna el varón, que encarna la glorificación del padre; un padre que tiene el poder absoluto sobre la esposa, los hijos y los esclavos. El Decreto de Graciano de 1140 puso por escrito cómo funcionaba: Las mujeres deberán de quedar sujetas a sus varones. El orden natural para la humanidad es que las mujeres sirvan a los varones y los niños a sus padres, pues es justo que lo inferior sirva a lo superior, es justo que aquél que fue inducido por la mujer al pecado la tenga ahora bajo su dirección para que no vuelva a caer de nuevo por causa de la ligereza femenina. El gran reto es desmontar este discurso que sigue vivo en muchas personas y descubrir nuevas aportaciones e intuiciones que ayuden a que mujer y tierra alcancen el puesto que les corresponde y mejore el mundo en el que vivimos. La creación de una nueva utopía óy es bueno hacerlo en los comienzos de un milenioó debe comenzar proclamando la igualdad de todos los seres humanos, premisa básica del cristianismo. No es defendible ninguna relación que esté basada en esquemas de dominio de unos sobre otros. Prestando atención especial a todos los que sufren, pues todos formamos parte de un todo. Pero también abriendo nuestros oídos al gemido de la naturaleza como si fueramos nosotros mismos. Nuestro nacimiento tiene su inicio en la materia orgánica y ésta, a su vez, en la inorgánica. Hay mucho dolor en el mundo que es inevitable, pero hay otro, fruto del egoísmo humano y de concepciones antropológicas y cosmológicas equivocadas, que es preciso cambiar. La consideración negativa del mundo material fue en detrimento de la paz interna del ser humano, que se dedicó a prácticas ascéticas brutales para dominar su cuerpo. El cristiano no se atrevió a gozar de todos los placeres que Dios le había puesto al alcance de la mano, pues, presuntamente, le alejaban del Creador. Las celebraciones de la Semana Santa pudieron con las campanas gozosas de la resurrección. Ese espiritualismo exacerbado fue capaz de descubrir la importancia de la conciencia y mente humanas, pero en detrimento de la forma en la que está enraizada y renegando de toda producción sensorial. La reacción materialista de nuestro siglo acabó cayendo en el extremo opuesto, pues definió a la persona inserta en la naturaleza pero como una mera máquina incapaz de obrar mas que por las presiones externas. De aquí la necesidad de integrar alma y cuerpo, materia y espíritu, para que el ser humano sea capaz de asumir plenamente todas sus variables. Es el cuerpo y sus sentidos el que nos permite realizarnos como personas. Si hemos rechazado el cuerpo en general, todavía con más saña se ha rechazado el cuerpo femenino, al que se le tiene miedo. Es curioso que así sea cuando es un órgano tan relacionado con la vida: el útero que cobija al feto y le nutre mientras no ha visto la luz. Los pechos que amamantan al nuevo ser, los brazos que le arrullan, la voz que le mece, los dedos que le acarician, las primeras sensaciones de amor que recibe el ser humano y que le permiten vivir tanto fÌsica como psicológicamente. Primeras sensaciones que perduran a lo largo del camino como un momento único al que se sueña con volver, el regreso al útero, a la infancia, al periodo sin problemas y gozando de un amor gratuito. Necesitamos construir una antropología nueva que cante sin miedo la maravilla de nuestros cuerpos. Necesitamos promocionar su lenguaje: el abrazo, el beso, la caricia, el gesto, para que los demás nos vean y nos palpen cercanos. Necesitamos olvidar el cuerpo espiritual y centrarnos en lo que somos: materia animada. Y necesitamos revalorizar el cuerpo femenino como símbolo de inicio y mantenimiento de la vida. En paz la persona consigo misma, aceptada como un todo sin partes negativas, se puede dar otro paso, un paso encaminado a comprender la interdependencia de todos los seres creados. Las doctrinas de la evolución de las especies nos han hecho saber que nuestra procedencia es del mundo orgánico, en primera instancia, y del inorgánico, en segunda. Hacernos incluso conscientes de que, de la múltiple interrelación de todos los seres que pueblan el planeta, depende nuestra supervivencia. Todos cogidos de la mano acabamos bailando el mismo son, y, si tocan a difuntos, los hombres no nos salvamos del luto. El hombre es egoísta, pero tenemos que abrirle los ojos para que vea la vida del planeta intrínsecamente ligada a la suya. La obsesión por jerarquizar y considerar a unos seres superiores a otros nos debe impulsar a buscar otro modelo de relación distinto. Yo propongo como modelos relacionales entre los seres humanos el modelo de pareja enamorada, pues cada uno es capaz de renunciar a sus gustos en aras de contentar al otro. El meollo del buen entendimiento es la capacidad de ponerse de acuerdo entre dos personas diferentes, con hábitos y con personalidades distintas; algo difícil y por lo que hay que luchar. Contemplar la vida en relación de tal manera que lo que le pase a uno le pasa al otro. El modelo de la maternidad en el que la madre considera al hijo como integrante de sí misma y con intereses idénticos a los suyos. Incluso en la gestación y la lactancia es capaz de anularse y de hacerse una con él. Hay una fusión entre los dos cuerpos, no sólo física, sino también psicológica. Dos cuerpos distintos pero íntimamente relacionados. Por último, el modelo de la amistad, que tiene la ventaja de ser el más libre de todos, pues no está tintado con la carga del deber. Al amigo se le elige y se le puede rechazar si no cumple con las expectativas que de él tenemos. Es una relación parecida a la de los amantes si se le suprime el eros. De un amigo se espera lealtad, constancia, confianza. Hay una frase muy indicativa de lo que quiero expresar: Los amantes están, normalmente, cara a cara, absorbidos en sí mismos; los amigos están, codo a codo, absorbidos en alguna tarea común. Una tarea que puede ser la mejora de las relaciones humanas y el trato con la naturaleza. Si son muchos los que lo intentan, la labor tendrá más éxito. Una escritora americana, Carol Gilligan, escribió un libro que se hizo un gran bestseller bajo el nombre de In a different Voice. Esta mujer defendía que si las mujeres llevaran a la vida pública la misma actuación que sostenían en sus casas, el mundo cambiaría radicalmente. A nivel humano, preocupándose e interesándose por la parte psíquica o física de sus compañeros de trabajo; a nivel de naturaleza, tratándola con el mismo mimo que a las plantas de su casa. Puede que las recetas de cambio que mejoren la situación en la que vivimos no sea la misma para los dos sexos. Las mujeres, salvo excepciones, hemos vivido apartadas de la esfera de lo público dedicando nuestra vida y actividad al entorno familiar. Allí hemos llevado a cabo esa ética del cuidado que aconsejaba la Sra. Gilligan. Una actuación muy valiosa si no fuera porque hemos hecho dejación de nuestro protagonismo en todo lo que cayera fuera de la vida de nuestra familia. Hemos aceptado que nuestro papel debía de estar basado en el silencio, en las virtudes de la humildad y en el espíritu de sacrificio. La virtud, que significa etimológicamente fuerza, ha servido para debilitarnos en nuestra identidad y posibilidades históricas, pues, en aras de esa virtud, se nos ha apartado y nos hemos apartado del compromiso histórico. Hoy, se nos ha caído la venda de los ojos y creemos que es deber intrínseco de cualquier ser humano intentar mejorar las condiciones de su entorno. Nuestro cambio, por ello, exige que demos el salto a una participación en la vida pública, a lo mejor aplicando en grande lo que antes hacíamos en pequeño. El cambio de los varones pasará por aprender a valorar la escala de lo pequeño, a colaborar con quienes han considerado inferiores, a fomentar el sentimiento, a personalizar las relaciones, a acrecentar en suma la parte material, femenina de su ser, el ánima, según la división de Jung que durante siglos han despreciado. Estamos en un acto organizado por una ONG de origen cristiano como es Manos Unidas y hemos visto cómo el pensamiento cristiano también ha tenido su influencia, justificando y mostrando una antropología que ha dado resultados negativos. Un cambio en la visión de Dios puede favorecer una mejora en la red de relaciones del planeta. Un cambio que lo vamos a contemplar en dos sentidos: Dios y la mujer y Dios y la naturaleza. Nuestra religión, aunque defiende que la realidad divina está más allá del mundo creado, con lo que las categorías en las que la humanidad vive no se corresponden con Dios, a la hora de hablar de Él emplea en exclusiva palabras del mundo simbólico o metafórico masculinas. Decimos con toda naturalidad que Dios es amigo, juez, padre, pero nunca sus pareados femeninos, como madre, amiga, jueza. Cuando los seres humanos hablamos de Dios, estamos hablando, en primer lugar, sobre nosotros mismos, y, en un pensamiento que consideraba a la mujer de segunda categoría, no se podían emplear imágenes femeninas para la divinidad. Hoy hemos adquirido, en teoría, la igualdad con el varón, lo que permite la introducción del lenguaje femenino para Dios. Algo que va en beneficio de las dos partes, pues un Dios con cara de mujer refuerza a las mujeres en la tierra y a su vez se contempla con los valores y las virtudes que tradicionalmente se nos han adjudicado a las mujeres en la tierra: ternura, cariño, entrega. El hecho de valorar a la materia también puede repercutir en la concepción divina que tenemos. Ya no es necesario potenciar una trascendencia que le coloca en el cielo, y tampoco hay que recurrir a María y los santos para que actúen de puentes con los que salvan el abismo. Las mujeres, al pensar a Dios, recurrimos a las experiencias más profundas de nuestro sexo y lo definimos como Madre. Una Madre cercana que ha gestado al cosmos en su seno, lo que permite la comprensión de la fraternidad universal de todos los seres. Una Madre que no habita en el cielo sino en el centro cálido de cada uno al estilo agustiniano del interior íntimo meo. El diálogo con esa Madre ya no es con la humanidad en exclusiva, sino que hay que ampliarlo a todos los seres creados con los que goza y sufre, pues, desde esta visión, se declara obsoleta la convicción de la impasibilidad de Dios. Cambia incluso la noción de pecado, pues ofender a Dios es atentar contra sus criaturas, romper el marco de la creación donde todo era bueno por un egoísmo que se queda con una parte mayor de la que le corresponde en el reparto equitativo. Un poeta de habla alemana, Raine Maria Rilke, tiene una frase que viene muy bien en estos momentos: el trabajo de los ojos ha quedado hecho; id y haced el trabajo del corazón ¿Por dónde empezamos? ¿Qué pasos dar en nuestro entorno que frenen el deterioro de la tierra y mejoren las condiciones de las mujeres y de todos los necesitados para seguir un nuevo paradigma? Con frecuencia tenemos la impresión de que son los gobiernos los que tienen que tomar medidas, sin pensar que la actuación de cada uno de nosotros pondrá su grano de arena para llenar el granero. Todos queremos recetas prácticas, sencillas y que nos garanticen no caer en errores, pero eso no existe. El error es el compañero de aventuras del ser humano, un error que a veces nos inmuniza de no tropezar en la misma piedra. Por otro lado, lo que parece bien hoy, mañana se descubre que era equivocado. Pero nada de todo esto nos va a impedir el actuar poniendo la mejor voluntad en lo que hacemos. Antes de actuar hay que escuchar a los demás, aguzar el oído para saber lo que piensan otros grupos. Con frecuencia, las voces que no están acostumbradas a tener voz y voto tienen propuestas y lecturas de la realidad menos fantásticas y con más posibilidades de salir adelante. Las medidas a favor de terceros exigen saber lo que piensan, pues a lo mejor tenemos que abandonar el axioma de hacer a los demás lo que quisiéramos para nosotros y abrazar el hacer para los demás lo que ellos quieren para sí. No siempre coincide. Hemos vivido durante siglos con la creencia de que los recursos son ilimitados. Hoy somos conscientes de que no es así, el mundo material que compartimos es escaso, con lo que se nos pide a los habitantes de los países ricos que llevemos una vida más simple, pues nuestra renuncia liberará recursos para otros. A la vez, no se intentarán producciones astronómicas que acaban con la fertilidad de la tierra. Hay que potenciar el transporte público, reducir el consumo de agua, consumir menos carne, avivar el ingenio para inventar y utilizar energías alternativas, escoger siempre las que conservan los recursos frente a las que los consumen, protestar por la proliferación del armamento militar que mata vidas y destruye campos (pensemos en el horror de las minas personales). Reciclemos todo lo posible. Reducir la cantidad de insecticidas, eliminar los focos de agua estancada, vigilar la combustión del coche, utilizar los recipientes que colocan los ayuntamientos para la clasificación de basuras: vidrio, papel, pilas. En muchas ciudades, pronto la recogida a domicilio va a ser en distintos cubos. Vivimos en un mundo globalizado, pero lo que necesitamos, además de una Torre de Babel mejor comunicada, son pequeñas viviendas que tomen parte, equitativamente, en las decisiones que afectan a su vida. Un pequeño ejemplo representativo: antiguamente, todas las casas en lugares de escasa pluviometría tenían sus propios aljibes, depósitos. La arquitectura moderna no contempla esta posibilidad y deja el suministro a cargo de los ayuntamientos, que se ven muchas veces imposibilitados de hacerlo. La feminización de la pobreza exige dedicar un tiempo especial a promover a la mujer. Es la madre en muchos países la que tira de la familia para arriba. Para revalorizar a la mujer tendremos que empezar por condenar toda pornografía, en cuanto que anula todo el juego erótico, ya que considera el cuerpo femenino como un objeto y olvida la reciprocidad, el juego de la atracción mutua, para centrarse en las relaciones de poder y de humillación de unos por otros. Esa pornografía es responsable de la prostitución involuntaria de millones de mujeres a las que muchas veces no se les ofrece otra alternativa de vida. Cuando se utilizan niños es sencillamente aberrante. Será necesario que revaloricemos todos los trabajos cuya misión es el cuidado de nuestros cuerpos; alimentación, vestido, sanidad, trabajos que, en su mayoría, están en manos femeninas por considerarlos de segunda, cuando son los más importantes. Permitir jornadas con horarios laborales que posibiliten el nacimiento de niños. En el Financial Times, un periódico que no se puede tachar de exagerado, se publicó una editorial con el título Hay que cuidar al que cuida. En él se aconsejaba a las empresas que facilitaran la vida de los empleados (en su mayoría mujeres) que tenían a su cuidado a familiares ancianos o enfermos. Y no lo hacía por razones altruístas, sino por el convencimiento de que estas personas eran responsables y merecía la pena facilitarles la vida para que se mantuvieran en el trabajo. Igualdad de derechos y de salarios para las mujeres, no discriminación, promover su participación en la vida de la comunidad. Un programa posible, poco a poco. No queda en el mundo más que una utopía, que es la cristiana. Sabemos que la meta final llegará algún día y tenemos que aportar nuestra tarea. Se puede mejorar, y se debe, el nivel de vida de las personas. Todos los programas políticos lo intentan y todos se quedan lejos de sus promesas, en unos casos, utópicas y, en otros, por incapacidad de gestión. Lo que lleva a proponer de nuevo un mundo mejor e intentar llevarlo a la práctica. Ésa es la historia y éste es el tiempo, y esto es la apertura de un nuevo milenio: un eterno comenzar de nuevo, un rito de paso que da muerte a todo lo anterior para embarcarse en un proyecto que se imagina superior. En este intento constante de mejora los seres humanos nos encontramos a menudo que la desgracia llama a nuestra puerta. Enfermedades, muertes, catástrofes de todo tipo, hechos dispares que nos suman en el dolor. Un dolor inevitable, hijo de la materia finita, pero que se hará más llevadero con la presencia del hermano que nos tiende una mano y coloca su hombro para que nos apoyemos en él. Ésta es la misión del cristiano, la que lleva a cabo Manos Unidas. Se intenta que desaparezca el dolor, y, cuando no se puede, al menos se comparte.
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