EN LA PRISIÓN
|
Aquí la envidia y mentira me tuvieron encerrado ¡Dichoso el humilde estado del sabio que se retira de aqueste mundo malvado! Y con pobre mesa y casa en el campo deleitoso con sólo Dios se acompasa, y a solas su vida pasa: ni envidiado ni envidioso. El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada, Salinas, cuando suena la música extremada por vuestra sabia mano gobernada. A cuyo son divino mi alma, que en olvido está sumida, torna a cobrar el tino y memoria perdida de su origen primera esclarecida. Y como se conoce, en suerte y pensamiento se mejora; el oro desconoce, que el vulgo ciego adora, la belleza caduca engañadora. Traspasa el aire todo hasta llegar a la más alta esfera, y oye allí otro modo de no perecedera música, que es de todas la primera. Ve cómo el gran maestro |
a aquesta inmensa cítara aplicado, con movimiento diestro produce el son sagrado con que este eterno templo es sustentado. Y como está compuesta de números concordes, luego envía consonante respuesta, y emtrambas a porfía mezclan dulcísima armonía. Aquí el alma navega por un mal de dulzura, y finalmente en él así se anega, que ningún accidente extraño o peregrino oye o siente. ¡Oh desmayo dichoso! ¡Oh muerte que das vida! ¡Oh dulce olvido! ¡Duraste en tu reposo sin ser sustituido jamás a aqueste baxo y vil sentido! A este bien os llamo, gloria del apolíneo sacro coro, amigos, a quien amo sobre todo tesoro; que todo lo demás es triste lloro. ¡Oh! Suene de continuo, Salinas, vuestro son en mis oídos, por quien al bien divino despiertan los sentidos, quedando a lo demás adormecidos. Fray Luis de León |