Hace Dios

Asturias (La Viesca)

Pues acaso los semblantes denominados dioses no son más que siluetas artificialmente recortadas sobre el paño de las experiencias de excepción, de los acontecimientos venturosos y memorables; acaso son el rótulo convencional colocado sobre aventuras de sorpresa y de gracia, de maravilla y de propicio azar.

Ante lo espléndido, lo insólito e inesperado, lo fantástico y gratificante, prorrumpen a veces los hombres: «¡Dios! ¡Qué bendición!» Lo dicen de la misma manera que, al hacer el amor, puede él y ella exclamar: «¡Ah! ¡qué placer! Al principio es solamente un grito reprimido, una interjección, no más: «ah, ah, dios, dios, requetediós» o, como, exclaman los hindúes con profunda espiración: «¡om! ¡om!»

Más tarde, con la repetición del evento magnífico, la interjección se muda en nombre, de la sorpresa y de la plenitud reiterada se infiere la escondida presencia de un ser capaz de sorprender, a los súbitos y distanciados relámpagos se les supone un permanente sol que rasga de vez en cuando las tinieblas con su espada de luz, de la intermitencia de momentos divinos se extrae la continuidad del Dios.

Pero Dios acaso -sigo hablando en hipótesis- no es eterno, sino instantáneo, episódico. Y no hay Dios, sino solamente, a veces, hace Dios, igual que a veces -decimos- hace buen tiempo. Y Dios no es ni existe; únicamente acaece o sucede en los fugitivos, incontables, irrepetibles dioses del instante.

Todo es hipótesis. Todo es posible en los cielos. Tal vez el universo está repleto de dioses sin número, o -quién sabe- lo está de uno solo que igualmente lo llena como si fuera multitud.

Alfredo Fierro

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