|
Tú cuidas de la tierra, la riegas y la enriqueces
sin medid; la acequia de Dios va llena de agua. Preparas los trigales:
riegas los surcos, igualas los terrones. tu llovizna los deja
mullidos. Bendice tus brotes.
Amo a la lluvia también, la lluvia pesada, ruidosa, cargada,
porque es figura y prenda de otra lluvia que también baja a la
tierra desde arriba, viene de Dios al hombre, de la Divina providencia
a los campos estériles del corazón humano que no están
preparados para la cosecha del Espíritu. Lluvia de gracia, agua
que da vida. Siento la impotencia de mis campos sin arar, terrones de
barro seco entre surcos de indiferencia. ¿Qué puede salir
de ahí? ¿Qué cosecha puede darse ahí? ¿Cómo
pueden ablandarse mis campos y cubrirse de verde y transformarse en
fruto?
Necesito la lluvia de la gracia. Necesito el influjo constante del
poder y la misericordia de Dios para que ablanden mi corazón,
lo llenen de primavera y le hagan dar fruto. Dependo de la gracia del
cielo como el labrador depende de su lluvia. y confío en la
venida de la gracia con la misma confianza añeja con que el
labrador confía en la llegada de las estaciones y la lealtad de
la naturaleza. Todo llegará a su tiempo.
Necesito lluvias torrenciales para que arrastren los prejuicios, los
malos hábitos, el condicionamiento, la adicción que me
asedia. Necesito la limpieza de la lluvia en su caída para
sentir de nuevo la realidad de mi piel mojada a través de todos
los envoltorios artificiales bajo los que se oculta mi verdadero ser.
Quiero jugar en la lluvia como un niño para recobrar la
inocencia primera de mi corazón bajo la gracia.
Por eso me gusta la lluvia firme y seguida, y convierto cada gota en
una plegaria, cada chaparrón en una fiesta, cada tormenta en un
anticipo de lo que mi alma espera que le suceda, como le sucede a los
árboles, a las flores y a los campos. La renovación en
verde de la estación de las lluvias. Entonces mi alma cantará
con fervor el Salmo de los campos después de la bendición
de las lluvias anuales:
Coronas el año con tus bienes, tus carriles rezuman
abundancia.. rezuman los pastos del páramo. y las colinas se
orlan de alegría; las praderas se cubren de rebaños, y
los valles se visten de mieses que aclaman y cantan.
¡Ven, lluvia bendita, y empapa mi corazón!
Carlos G. Vallés. Busco tu rostro. Sal Térrea
(extracto)
|