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Aragón

Torrero I

 Apuntes para la memoria histórica


El núcleo inicial de la actual Comunidad fuimos un grupo de estudiantes de la Facultad de Ciencias, en una época y un ambiente en que creíamos posible cambiar la realidad que vivíamos. Estábamos a comienzos de los años 70 (del siglo pasado) y en la Universidad zaragozana corrían vientos de rebeldía ante las estructuras y la mentalidad de la dictadura agonizante. Estudiábamos a fondo (Físicas o Matemáticas, en nuestro caso), pero reclamábamos a la vez una formación más integrada y útil para la sociedad; participábamos con otra mucha gente de la búsqueda de una sociedad más libre e igualitaria, de una mayor justicia social, de un apoyo mutuo entre intelectuales y obreros, de nuevos modelos de familia y de relación interpersonal,... Y también, para quienes nos reconocimos compartiendo una fe personal, de formas distintas de ser cristianos más evangélicas, más comprometidas con los pobres, más comunitarias. Acababa de concluir el concilio Vaticano II y, sin saber mucho de él, bloqueado como había estado por la jerarquía española, sintonizábamos claramente con sus aires renovadores y con los movimientos eclesiales que aquí encarnaban sus intuiciones. Al igual que cultivábamos activamente otras dimensiones, nos empezamos a juntar en pequeño grupo para profundizar en teología y en biblia.

Todo cristalizó en otoño de 1973 con la convocatoria en el Seminario de una asamblea de grupos cristianos de base, de la que empezó a surgir una interrelación y una cierta estructura de coordinación, en la línea de movimientos de comunidades populares de otros lugares de España y sobre todo de Latinoamérica. Para entonces, terminada la carrerra o a punto de estarlo, ya todos empezamos a asumir opciones personales que nos iban a marcar: trabajo, pareja, forma de familia, compromiso social. Algo común fue insertarse en un barrio obrero, no sólo como modo de vida, sino también para integrarse en las luchas vecinales. Las comunidades cristianas de aquella época estaban fuertemente ligadas al entorno de un barrio determinado. Nuestro trabajo también llevaba consigo de ordinario una fuerte dimensión sindical.

Gran parte del grupo optaron por empezar una vida de tipo “comuna” en Torrero y La Paz. A la hora de identificarnos se impuso entonces la referencia de “Torrero” (más tarde se añadiría el numeral I para distinguirnos de otros). De aquellos tiempos siguen en la Comunidad Ricardo y Concha, Asun y Jesús. También Loli y José Manuel, que pronto regresarían a su tierra de Murcia, pero siguen allí muy vinculados al movimiento de Comunidades y también a nuestro mismo grupo. Pronto se añadirían del mismo barrio Ignacia, Mª Angeles y luego Mª Jesús, que años más tarde sería la primera en dejarnos para ir a los brazos del Padre. Otros (Manolo y Alvaro) nos ubicamos en el Picarral, de donde más tarde se incorporaría Luis.

En junio de 1974, el “caso Fabara” (la destitución arbitraria del cura Wirberto Delso por el entonces Arzobispo, Pedro Cantero (muy vinculado al régimen franquista), provocó una fuerte y prolongada protesta de otros párrocos y de las bases cristianas. Esto contribuyó a consolidar el movimiento de Comunidades Populares y también a alejarlo de las estructuras parroquiales y diocesanas.

Fueron tiempos de lenta y profunda maduración comunitaria. Nos planteábamos temas de la relación fe-compromiso sociopolítico y de la nueva teología de la liberación, pero también reinventábamos las celebraciones sacramentales que íbamos viviendo: eucaristía, matrimonio, bautismo, ordenación sacerdotal, primeras comuniones, reconciliación,... Nos preocupaban intensamente los altibajos del movimiento ciudadano y la trasmisión de la fe a los hijos. Hemos valorado siempre los momentos de descanso y de fiesta juntos, y también nuestra responsabilidad respecto a la coordinación y a los encuentros de la iglesia de base. Algunos “miembros” han mantenido o tienen aún doble militancia en materia comunitaria.

A partir de los 90 hay cambios cualitativos en la Comunidad, con la incorporación de gente nueva que no sólo procede de otros itinerarios cristianos, como Nieves y más tarde Mª Luz, sino también de generaciones más jóvenes: la entrada de José Luis después de una larga peripecia cristiana abrirá camino luego a Inma y a otra gente procedente de JAC: Alberto y Begoña (que seguirán luego caminos diversos) y Sagrario, mientras Mª Cruz y Jesús llegarán a través del Inst.Mounier. Finalmente forma parte también de nuestra Comunidad Teresa, que habitualmente vive y trabaja en Latinoamérica.

Con ello ha habido que tener en cuenta intereses vitales y perspectivas cristianas más variadas. No siempre ha sido fácil la adecuación de estilos e incluso de horarios, pero ciertamente sigue siendo enriquecedora. Se han sucedido épocas de altibajos y nuevos replanteamientos. En los últimos años está resultando particularmente útil que cada 2 meses se turnen dos personas en la animación y organización comunitaria. Nos solemos reunir los jueves de 21 a 23 horas, actualmente en los locales de la Parroquia de Belén.

A los hijos/as de la generación histórica, (Teresa, María, José, Marta, Elena, Juan) que hemos visto crecer hasta derivar por sus propios caminos, se ha añadido una nueva floración (Pablo, Isabel, Esther, Javier, Manuel, Francho, Inés) que nos da ilusiones renovadas. Y, mientras ha ido tomando relevancia en el grupo el acompañamiento de los padres y madres de los mayores, tanto los que ya han pasado a la Vida (Alfonso, Manuel, Consuelo, Agustín, Irene, Manolo, Angela, Jesús, José, Clara, Esperanza, Eloísa, Miguel,...), como los que están cada vez más a nuestro cargo (Teresa, Trini, Jesús y Ana...) o empiezan ya a darnos sustos.

Nuestra historia está llena de éstos y otros nombres, atiborrada de vivencias compartidas y también de momentos tensos. Por eso es tan difícil de resumir. Basten estos apuntes para evocarla.

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