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Libertad a la
intemperie Sobre la necesaria reforma de la Iglesia
católica
José María
Vigil
A las hermanas y
hermanos reunidos en el «Encuentro internacional para la renovación de la
Iglesia Católica»
VER
En los últimos años de este largo y controvertido pontificado que ya va
para un cuarto de siglo, el sector del Pueblo de Dios que se siente
desidentificado de la marcha de la Iglesia y se siente quejoso de la
orientación que Juan Pablo II le ha impreso, ha adquirido unas dimensiones
preocupantes. Son millones de fieles los que se expresan así públicamente
e intentan de una manera u otra articularse en movimientos diversos de
oposición y resistencia [1] . Son muchos más –probablemente
decenas de millones- aquellos cuya disidencia no logra expresarse y
articularse, sino que se traduce simplemente en una huida interior o un
autoexilio eclesiástico; en esta situación están muchísimos «agentes de
pastoral» y «personal cualificado» de la Iglesia, que ha decidido
proseguir su vida cristiana despreocupándose de la marcha de la Iglesia. Y
son incontables aquellos que en muchos países, sobre todo en los de la
vieja cristiandad, abandonan en silencio la Iglesia haciendo bajar los
índices de confesionalidad de estos países a niveles inferiores a los de
toda su historia [2] . El
espectáculo mediático de las concentraciones multitudinarias que suscita
la figura del Papa en sus viajes internacionales sólo pueden confundir a
los observadores superficiales.
El éxodo no es importante sólo cuantitativamente, sino también
cualitativamente: mucha juventud sociológicamente católica abandona
la Iglesia al acabar los estudios secundarios; la intelectualidad
moderna y posmoderna tiene aversión al pensamiento eclesiástico; las
mujeres «feministas» sienten a la Curia Vaticana como enemiga y
según algunos observadores estarían dejando de transmitir la fe a las
nuevas generaciones; las vocaciones al sacerdocio y a la vida
religiosa están virtualmente colapsadas en el primer mundo, y el
descenso de las religiosas y religiosos es significativo [3]
Apenas empezábamos a decir en el posconcilio que nos estábamos
recuperando de la «deserción del mundo obrero», y de la de «los
intelectuales», del siglo XIX, cuando parece que hemos entrado en
estas otras «deserciones» no menos importantes. El crecimiento vegetativo
de la población católica y la práctica cultural del bautismo de los niños
se encargan de mantener globalmente las estadísticas…
Mención aparte merece la deserción de los militantes, la de los
espíritus utópicos que dentro del socialismo ideal -aunque dentro del
capitalismo real- apostaron su vida en las décadas pasadas a favor de las
utopías liberadoras, socializantes, democratizadoras, populares… Esos
están dispersos y cabizbajos [4] , vacunados
–tal vez para varias generaciones- contra la confianza en una Iglesia que
han visto en admirable armonía con los poderes del capitalismo mundial, en
lucha contra los mejores cristianos comprometidos con las luchas
populares, en represión a los teólogos de la liberación…
No nos vamos a referir al escándalo –tan de actualidad- que el
cristianismo significa hoy día para el mundo islámico, al ser
considerado por éste como el patrocinador tanto del capitalismo mundial en
su actual versión de globalización cuanto de la degradación moral y de la
agresión cultural al mundo de los pobres…
No hace falta que describamos la situación al interior de la
Iglesia, las ya más de dos décadas de sofocamiento de aquella
primavera que suscitó el Concilio, con una política de autoritarismo,
centralismo, conservadurismo… en una demorada situación de «fin de
pontificado» sobre la que pende la espada de Damocles del albur de una
elección papal –no representativa, no participativa, sólo institucional,
clerical (sólo clérigos), sexista (sólo varones), cooptada por la misma
autoridad a ser sucedida-, que puede traer tanto un cambio del presente
rumbo como una confirmación del mismo… para otro cuarto de siglo. A la
primavera conciliar sucedió un invierno [5] , del que todavía no hemos salido.
Los cristianos de espíritu conciliar, los espíritus más lúcidos y
generosos, habiendo dado algunos de ellos dado lo mejor de su vida a las
grandes Causas, andan dispersos y desesperanzados, mirando a la madrugada,
esperando tal vez algún signo de los tiempos que les diga «levántate y
anda»…
Es un hecho mayor, no se puede negar. No se lo puede despreciar con
aquello de «siempre hay descontentos». No se puede tapar el sol con un
dedo. Cuantitativa y cualitativamente, como decimos, es un hecho
importante y digno de una reflexión teológica y espiritual.
JUZGAR
En vez de apelar a una obediencia espiritualizada, a una fe ingenua o a
una esperanza sin base realista, de las que obtendríamos sólo recetas que
prolongarían la situación, la pregunta adecuada tal vez sería: «¿qué es lo
que está pasando?». En un intento de interpretación, se trataría de ver si
unos parámetros de referencia más amplios pueden sernos de utilidad. En
tres perspectivas:
a) Perspectiva histórica
Cuando uno mira muy de cerca las cosas se puede dejar afectar
demasiado, y la visión del árbol puede también impedirle la visión del
bosque. La primera aproximación que hicimos todos a la crisis que se
inició con el pontificado de Juan Pablo II fue un diagnóstico de
«involución». Recuerdo cuando la revista «Misión Abierta» en España, ya en
el año 1980, lanzó un número monogrático bajo el título «¿Involución en la
iglesia?». Aquello pareció una blasfemia. Nadie había llegado todavía a
formular así su percepción del momento. O nadie había conseguido expresar
lo que ya presentía. Llovieron críticas y descalificaciones a la revista,
tachándola de tendenciosa y equivocada. Sólo unos pocos años después, no
negaban esa «involución» ni sus mismos partidarios oficiales.
El primer diagnóstico que hicimos de la crisis fue ése: una «involución
respecto al concilio Vaticano II», propiciada por el papa Juan Pablo II,
que había sido precisamente el jefe del coetus minor o minoría
opositora derrotada en el Concilio. En el Sínodo de1985 se consumó la obra
de desactivación del Concilio, y la imposición de una interpretación del
mismo que pretendía precisamente corregir el rumbo [6] . El resto del cuarto de siglo ha
sido un deducir consecuencias y un desplegar ese núcleo hacia todo el
universo eclesiástico. En un lapso de tiempo tan largo no ha quedado
prácticamente nada por revertir, y son muy pocos los obispos que faltan
por ser sustituidos por otros de una línea contraria. El concilio había
sido progresista, utópico, carismático, demasiado poco preocupado por
implementar jurídicamente las reformas… Con la involución de Juan Pablo II
no ha venido algo realmente nuevo, sino que «lo de siempre», aquello de lo
que el Concilio había sido simplemente un paréntesis de excepción [7] .
Una visión posterior más profunda nos permitió enmarcar la crisis
eclesial que vivíamos en el conflicto mismo de las relaciones de la
Iglesia con la modernidad. Lo que estábamos viviendo era una estación más
del ya antiguo conflicto de la Iglesia con la cultura moderna, en un
contencioso que ya dura varios siglos. El Concilio había supuesto una
apertura al mundo moderno, un vendaval de aire fresco –al decir de Juan
XXIII- que a los sectores conservadores les pareció «humo de Satanás». El
«conflicto de interpretaciones» resultó profundamente afectado por una
coyuntura concreta de correlación de fuerzas históricas realmente
desfavorable: un papa marcado como polaco por un antisocialismo visceral,
un reforzamiento de las derechas neoconservadoras en Inglaterra y EEUU,
una convergencia entre uno y otras, una ola de represión y de «terrorismo
de estado» en el continente latinoamericano por medio de las dictaduras
militares, un debilitamiento del bloque socialista en la carrera
tecnológico-económica con su posterior derrumbamiento… En toda esa
macrocoyuntura –verdadero «misterio de iniquidad»- nuestros problemas
«posconciliares» resultaban ser simples hojas arrastradas por el viento de
un huracán histórico, al margen de nuestra voluntad y fuera de nuestro
control…
En los últimos años la perspectiva se ha ampliado más todavía. En
realidad, lo que está en curso parece ser que no es sólo el secular
conflicto con la modernidad. Lo que está ocurriendo es tal vez un «cambio
epocal» con el que se está cerrando un ciclo quizá de milenios. Se está
dando una claramente perceptible «metamorfosis de lo sagrado» [8] (Martín Velasco), que no es problema
de una Iglesia, ni de una religión sino de la religión en general. Es en
realidad una «mutación» de la Humanidad, que está e trance de acceder a un
nuevo modo de religiosidad (o quizá simplemente de espiritualidad). El
modelo de las grandes religiones, que se creó en el «período axial» [9] cuando la
Humanidad accedió a un nuevo nivel de conciencia religiosa, está en
profunda crisis, multiplicándose por doquier los signos de la necesidad de
una nueva configuración de lo religioso, sin que podamos prever hacia
dónde va a encaminarse la evolución que está en curso…
Lo que se está jugando en el fondo de esta «crisis» de la religión no
es pues un debate provincial o escolar intestino de la Iglesia católica,
sino un cruce de intercambios que –también ahora- nos desbordan
enteramente. La crisis que sobrevino a la Iglesia católica tras el
Vaticano II no era «por causa de» el Concilio, sino «a pesar de» él. El
Concilio llegaba tarde, demasiado tarde [10] , y el remedio de querer
neutralizarlo revirtiendo la evolución, no ha servido para evitar el
derrumbamiento de lo que –por otras causas- va a seguir cayendo y
muriendo, aunque, por cierto, parece que no haya nacido todavía lo que lo
va a reemplazar…
Y ahí estamos nosotros, desconcertados, ajenos muchas veces a las
«fuerzas superiores» que, como los viejos hados, planean sobre nosotros y
resuelven el mundo en sus batallas superiores… La curvatura de las
dimensiones macro de lo que está en juego es demasiado amplia como para
percibirla en los estrechos espacios en que nos movemos…
Pero no quiero decir que las grandes perspectivas deban paralizarnos
por la magnitud inabarcable de sus horizontes… No. Simplemente deben
hacernos más realistas en nuestras alianzas, menos afectados por el debate
inmediato, más largos en la mirada, más hondos en los planteamientos. Y
más deseosos también de hacer nuestra aportación protagónica original a
este momento histórico. Lo que está en juego en la actual coyuntura
histórica va mucho más allá de lo que nosotros podemos alcanzar, y saber
esto nos ayuda a no gastar energías en lo que está destinado a morir, a
dejarnos empujar por el Viento dominante de fondo, a valorar más
acertadamente la significación de lo que se da en nuestro ámbito «micro»,
y a
saber esperar sabiendo
al mismo tiempo forzar las horas de aquella Urgencia que no permite
esperar. (Pedro Casaldáliga).
b) Perspectiva histórico-personal
La vivencia habitual del fiel cristiano fue una vivencia de obediencia
y sumisión total a la Santa Madre Iglesia, abrumado por su autoridad y
hasta por las amenazas derivadas de una posible rebeldía. Ante la
institución depositaria de la Verdad y de la Palabra de Dios, el fiel
cristiano se sentía insignificante, y la actitud de la obediencia ciega y
la resignación, junto con la pasiva espera de que las circunstancias
cambiaran, eran tradicionalmente las las únicas actitudes pensables por
parte de los fieles hacia la autoridad de la Iglesia.
Pero la sensibilidad de la persona moderna ha cambiado. Algo se ha
desmitificado en la imponente figura de la Iglesia, y el fiel cristiano se
percibe a sí mismo ahora con una cierta autonomía, cuestionando la
sumisión y la resignación pasiva. El creyente «moderno» y crítico es
consciente de su vida y de la fugacidad de la misma, y está decidido a
vivirla sin consentir que se la hipotequen las circunstancias.
Por otra parte, «en el fondo está dándose una toma de concienca de que
el carácter absoluto de la Iglesia se deshizo a partir del hecho de que
ella misma rehizo en el Concilio muchas de sus enseñanzas, costumbres y
prácticas tenidas como irreformables. Si las enseñanzas del pasado fueron
reformadas, las de hoy podrán serlo mañana. En esa situación, el fiel
retrocede al arcano de la propia conciencia y libertad, y ya no espera
leyes y normas externas como respuesta a sus preguntas» [11] . Más concretamente, el fiel
cristiano consciente ya no puede renunciar a su espiritualidad y a su
teología por el hecho de que el nuevo obispo que nombraron para su
diócesis o el nuevo párroco que pusieron en su parroquia es «de otra
línea». Si uno no puede vivir su cristianismo, como le dicta su conciencia
formada, en un determinado lugar o ámbito, tratará de hacerlo fuera de ese
lugar o ámbito. Pero lo que cada vez se lleva menos es entregar la
conducción de la propia vida (y de la própia vida cristiana personal) a
los dictados de la autoridad externa variable. Sólo se vive una vez, y
sólo una vez se tiene la oportunidad de ser sí mismo y de dar la propia
aportación a la historia y al Reino, y a la Iglesia misma. No puede una
persona dejar de hacerla por el simple hecho de que cambió el obispo,
cambió la línea de la diócesis, o eligieron a este otro papa. Ni siquiera
refugiándose en el fuero interno, o autoexiliándose en la Iglesia. Cada
vez hay más creyentes que prefieren el ejercicio de su responsabilidad
personal antes que una obediencia alienante que les exija renunciar a ser
ellos mismos. Cada vez son más los que rompen el miedo y se arriesgan a
vivir su «libertad a la intemperie». Este cambio de actitud y de
conciencia histórico-personal es el que se está dando en estos últimos
años en el movimiento de discrepancia y resistencia dentro de la Iglesia
católica.
c) Perspectiva teológica
Todo el universo teológico puede ser traído a colación para iluminar
esta problemática que nos ocupa. Pero, sin duda, el punto central, al que
nos limitaremos aquí, es precisamente la oposición
eclesiocentrismo-reinocentrismo.
Prácticamente, la totalidad de los creyentes adultos de hoy fueron,
fuimos educados en el eclesiocentrismo de ayer. Muchos nos hemos
rescatado, gracias a la renovación teológica posconciliar, pero es sabido
que en la estructura de fondo del pensamiento de la persona, y en los
niveles subsconscientes o hasta afectivos, podemos seguir llevando
estructuras, principios y valoraciones (y hasta temores y tabúes) que
pertenecen a la vieja concepción eclesiocéntrica. Este eclesiocentrismo
subconsciente es un factor determinante que explica la contención de la
oposición y de la resistencia en la Iglesia.
Pero la claridad creciente que el tiempo va dando al análisis de lo que
pasa en la Igleisa, hace que en muchos creyentes se dé también una mayor
coherencia en lo que a la dimensión eclesiocentrismo-reinocentrismo se
refiere.
Son muchos los que cada día dan un paso delante de cara a poner en el
centro realmente lo que es absoluto, y a dar estatuto de relativo a lo que
realmente es relativo. Proseguir la reflexión sobre las relaciones
Iglesia/Reino/Mundo, no tanto en la teoría (donde ya están claras hace
tiempo) sino en la práctica de la vida eclesial, sería tal vez la tarea
que a nivel teológico nos queda pendiente para iluminar y confirmar la
práctica cristiana de este número creciente de hermanos y hermanas que
sienten con toda honestidad que discrepan de la actual orientación de la
Iglesia
Las relaciones Reino-Iglesia no se pueden plantear bien sino en
relación al Mundo, el lugar donde uno y otra están y deben realizarse. Si
nuestra preocupación fuese sólo el Reino y la Iglesia, no estaríamos
dejando de ser eclesiocéntricos. Hay que preocuparse por abrir las puertas
de la Iglesia con tal de que el remedio no consista en colocar una puerta
giratoria y quedarnos dando vueltas permanentemente a esas puertas. Si
somos Iglesia, somos para el Mundo, en el que debemos construir la
Iglesia, y en esa construcción en el mundo es donde somos Iglesia, no sin
más en los espacios y en los ámbitos «eclesiásticos». Debemos fondear el
ancla de nuestra identidad eclesial en el Reino y en el mundo en el que lo
construimos, sin engañarnos pensando inconscientemente que la identidad
eclesial nos viene de lo simplemente eclesiástico.
Debemos seguir haciendo de los graves problemas del mundo, nuestros
verdaderos problemas eclesiales, recordando siempre que lo eclesiástico es
de segundo orden en lo eclesial. La principal reforma que la Iglesia
necesita sigue siendo su conversión al Reino, su efectiva puesta al
servicio de la Causa de Jesús, en mundo que, estructurado precísamente por
el «Occidente ‘Cristiano’», se ha configurado netamente en contradicción
con la Causa de Jesús. Nuestra primera obsesión no pude dejar de ser la
construcción de la utopía del Reino, lo que podríamos llamar un nuevo
orden mundial marcado por unas relaciones correctas de justicia, amor, paz
y liberación.
En segundo lugar, pero también pues en un lugar importante, lo
«eclesiástico» debe ajustarse al mismo imperativo del Reino, y hacerse
transparencia del Evangelio.
ACTUAR
Aterrizo todo esto con unas notas a manera de «Apuntes para una
espiritualidad eclesial reinocéntrica».
1. Forma parte de una
conciencia cristiana madura a la altura de los tiempos actuales la
negación consciente y explícita del eclesiocentrismo y de cualquier
elemento que plasma en la Iglesia.
2. Hay que poner a la Iglesia explícitamente por debajo de la Causa de
Jesús y a su servicio. Lo contrario es una herejía, al menos implícita, o
por connivencia.
3. Hay que «relativizar» la Iglesia, sí, es decir: hay que mantenerla
en su categoría propia de relativa y relacional. En algunos aspectos hay
también que «desabsolutizarla», es decir: hay que desconstruir
positivamente la absolutización que de ella se hizo. Hay que evitar el
«relativismo»; pero, hay que evitar mucho más el contemporizar con las
muchas absolutizaciones eclesiocéntricas que todavían niegan el absoluto
del Reino. Es un deber cristiano y eclesial el devolver la Iglesia a su
ser relativo y relacional al Reino.
4. Tenemos derecho a vivir esta hora de la Humanidad y de nuestras
propias vidas de acuerdo a nuestras convicciones de fe, sin dejarnos
hipotecar la libertad y nuestra responsabilidad histórica. Somos Iglesia,
y reclamamos que se nos deje serlo. «Que se nos deje ser esta Iglesia que
queremos ser», dentro del pluralismo del que da cuenta desde sus inicios
el Nuevo Testamento. La Iglesia no es sólo nuestra Madre, sino nuestra
Hija: la hacemos, la somos, la configuramos. La Iglesia es también lo que
nosotros somos, y no queremos pecar de omisión histórica. Esta Iglesia
Hija nuestra existe, y sobrevivirá para el futuro histórico y
escatológico. Debemos estar abiertos al diálogo y al discernimiento, pero
cerrados al atropello y a la claudicación.
5. Si no lo hemos hecho ya, debemos trasladar el ancla más profunda de
nuestra identidad, desde la Iglesia hacia el Reino. Sentirnos mucho más
constructores del Reino, luchadores de la Causa de Jesús, que miembros de
la institución eclesiástica. En teoría no hay contraposición entre ambas
dimensiones, pero la hay con demasiada frecuencia en la práctica. La
pertenencia al Reino y a la Iglesia, aunque son perfectamente compatibles,
no son sin embargo equiparables: una está más en el nivel profundo de
nuestra relación con el absoluto, y otra está más en el nivel de sus
mediaciones.
6. El mayor servicio que se puede hacer al Papa es no mitificarle, y
pedir con urgencia una profunda reforma del papado. El mayor favor que se
puede hacer a la Iglesia es no secundar el eclesiocentrismo, y luchar
denodadamente contra todas sus deficiencias [12] (GS 43), hoy clamorosamente
señaladas por tantos sectores cristianos. El peor servicio que podemos
hacer a la comunidad cristiana es abdicar de nuestro derecho a ser
cristianos de otra manera, permanecer callados u omisos, sin crear
«opinión pública en la Iglesia», y permitir que ésta quede atenazada por
una teología conservadora que se crea depositaria única de la verdad. Una
pertenencia eclesial madura incluye hoy el compromiso en los movimientos
de reforma de la Iglesia.
7. Dado el gran componente eclesiocéntrico que hoy todavía arrastramos
la mayor parte de los cristianos, es necesario una sobredosis de esfuerzo
para deponer el miedo generalizado que se ha instalado en buena parte de
la Iglesia, para levantar nuestra autoestima, la confianza en la dimensión
crítico-profética de la vocación cristiana, la seguridad y firmeza de que
aunque se sufra la incomprensión de quienes siguen siendo deudores del
eclesiocentrismo, la lucha por la Causa del Reino sigue siendo el valor
supremo por el que merece la pena vivir y hasta morir, como seguidores de
Jesús. Aunque haya que vivir la libertad a la intemperie.
[1] El caso de «Somos iglesia» en Austria
y Alemania, su lugar de origen, con una recogida de adhesiones de varios
millones en un lapso muy corto de tiempo, puede ser el caso reciente más
simbólico.
[2] Refiriéndose a Europa, E. POULAT
habla de una «era poscristiana». Los números confirman tal situación. En
los Países Bajos, el número de los que se declaran fuera de cualquier
Iglesia ha pasado de 44% en 1970 al 66%, y se calcula que en el 2010
llegará al 75%. El catolicismo alemán pierde cada año cerca de 200.000
fieles. La Iglesia católica de Brasil, en otra geografía y por otros
motivos, pierde medio millón de fieles cada año, que emigran a las
Asambleas de Dios y otros nuevos movimientos religiosos. Cfr
LUNEAU-MICHEL, Nem todos os caminhos levam a Roma, Vozes, Petrópolis 1999,
17ss.
[3] La vida religiosa ha perdido el 19%
de sus efectivos (230.000 personas) en los 22 años de pontificado de Juan
Pablo II, estando hoy en torno al millón de personas.
[4] En otra parte he sostenido la
hipótesis de una «depresión psicosocial colectiva»: Aunque es de noche.
Hipótesis psico-teológicas sobre la hora espiritual de América Latina en
los 90, Envío, Managua 1996; Verbo Divino, Bogotá 1996; Acción Cultural
Cristiana, Madrid 2000. Embora seja noite, Paulinas, São Paulo 1997.
[5] En palabras de Rahner: «Este Concilio
Ecuménico no ha sido todavía aceptado de hecho en la Iglesia, ni a la
letra ni según el espíritu. En grandes líneas vivimos en una ‘invernada’,
como suelo decir yo». IMHOF, P., La fe en tiempo de invierno, Desclée,
Bilbao 1989, p. 45.
[6] Comblin lo acaba de mostrar
palmariamente en su última obra, O Povo de Deus, Paulus, São Paulo 2002,
cap. IV: «El giro del Sínodo de 1985», p. 115ss.
[7] En realidad el modelo autoritario,
vertical y romanizador representa una «estructura histórica» que tiene un
milenio de vida, desde Gregorio VII en el siglo XI, cuando se dió lo que
Congar llamó el «giro eclesiológico». «Coyuntural» es sólo esta vuelta a
ese modelo por obra de Juan Pablo II.
[8] J. MARTIN VELASCO, Metamorfosis de lo
sagrado y futuro del cristianismo, Sal Terrae, Santander 1999. También en
Koinonía: http://servicioskoinonia.org/relat/256.htm
[9] JASPERS, Karl, The origin and goal of
History, Yale University Press, 1953; cfr PALÁCIO, Carlos, Novos
paradigmas ou fim de uma era teológica?, en SOTER, Teologia aberta ao
futuro, Soter-Loyola, São Paulo 1997, pp 81ss; también en
http://servicioskoinonia.org/relat/227.htm
[10] COMBLIN, l.c., pág. 8. O’MURCHU,
Rehacer la vida religiosa, Publicaciones Claretianas, Madrid 2001, pág.
71
[11] J.B. Libânio, Igreja contemporânea.
Encontro com a modernidade, Loyola, São Paulo 2000, pág. 91. «Según
recientes encuestas de opinión, el 83% de la población se atiene en
cuestiones morales tan sólo a su propia conciencia, y únicamente un 1%
(¡un uno por ciento!) se rige por la doctrina de la Iglesia»: Hans Küng,
Morir con dignidad, Trota, Madrid 1997, pág. 52.
[12] En este punto estamos más con el
Concilio Vaticano II (que en GS 43 nos dice que «debemos tener conciencia
de las deficiencias de la Iglesia y combatirlas con la máxima energía»)
que con el Cardenal Sodano, que afirmaba que «el que ama no critica, sino
que se empeña en la unidad con el Papa y con su obispo» (SEB, nº 21,
13.octubre94).
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