Kyabé 12-12-02 (jueves)

            Queridos todos:

Jean Gabó, el responsable de Tatemoé, que se quedó con la boca torcida y un ojo que no puede cerrar, a causa de una infección bucal, ha dejado un mensaje por radio desde Sarh: “El médico del hospital de Sarh me ha dado un tratamiento antibiótico para diez días. El diagnóstico escrito en la tarjeta médica es: parálisis facial”. En Kyabé estamos bastante preocupados con esta enfermedad del buen Jean.

Bolo Justin acaba de recibir una noticia un tanto alarmante desde su pueblo, Baltubay. 10 hombres de la raza “bororo” habrían muerto quemados sorprendidos por el fuego de la sabana. A mi me resulta inconcebible que un fuego de “brousse” pueda sorprender a 10 hombres nómadas, cuando están acostumbrados a afrontarlo todos los años en este país. Espero tener noticias más concretas en los próximos días.

 

Kyabé 13-12-02 (viernes)

Los alumnos de carpintería de tercer nivel acogen con fruición la foto hecha con la impresora a color de dicha promoción que entregamos a cada alumno. Esta promoción no ha sido muy numerosa: sólo seis alumnos. Al iniciar el cursillo se han recibido varias notas de los pueblos excusándose por la no asistencia debido a los problemas con los nómadas. Los rebaños nómadas están bajando hacia el sur y al menor descuido te quedas sin cosecha.

Las limas de sección triangular para el afilado de sierras, llegadas en los paquetes recuperados, son recogidas por el almacenero Mabilo como un verdadero tesoro. Hemos tenido que restringir al máximo la venta y prohibir la compra de más de una lima por parte de una misma persona.

Es muy bonito el montón de espigas de sorgo rojo de la explanada de Tatemoé. Yo les apuesto que van a sacar de ahí 28 sacos de grano de 100 kilos cada uno. Todavía no han cosechado el sorgo blanco. Éste habrá sido un buen año para Tatemoé.

 

Kyabé 14-12-02 (sábado)

Muy de mañana oigo el grito de la muerte que llega del hospital y se extiende por las cercanías de nuestra casa. Ha muerto la hija de Goumba, el que arregla las bicis y motos en un chamizo cerca de donde vivimos. Solía jugar siempre en la explanada de delante de casa con otras dos amiguitas, también de unos tres años. Cuando me veía pasar, aunque fuese desde lejos, iniciaba una carrera con sonrisa de oreja a oreja, seguida por sus dos amiguitas igualmente embadurnadas de alegre polvo. Me daban la mano y se volvían corriendo a su lugar de juego. Ha muerto mordida por un perro rabioso. La vacuna antirrábica suponía 40.000 francos y un desplazamiento casi imposible hasta Sarh, pues en el hospital de Kyabé no tienen esta vacuna. El tratamiento de un curandero con métodos tradicionales le costaba solamente 2.000 francos. Goumba, su padre, había optado por este segundo.

Bolo Justin suele venir a cuidar el huerto de casa. Mientras quita hierbas con sus raquíticas piernas dobladas en el suelo junto a su muleta echada por tierra me comenta con aire de triunfo: “Ayer cerré la operación de compra del nuevo solar en el que voy a vivir en adelante. Por fin podré vivir independientemente y acoger a los de mi pueblo que estén de paso por Kyabé. Hará falta que los de Baltubay me ayuden a construir una segunda casa. Hemos firmado hoy los papeles de compra ante el jefe de barrio y ante dos testigos. Es un terreno de 33 por 11 metros, muy cercano al lugar donde vivo actualmente. Me ha costado 40.000 francos: veinte mil con la venta de cacahuetes del año pasado, y los otros veinte mil del ahorro hecho con las clases de lengua del año pasado y lo que saco de cuidar el huerto. Llevo hoy tres días sin comer, pero estoy contento porque ayer pude acabar de pagar la segunda parte de la compra.” Esta última frase me llega al alma, y me hace conocer un poco más la tenacidad de este gran amigo y disminuido físico que es Bolo. Él nunca hubiese imaginado poder conseguir la propiedad de un terreno con sus propios medios.

 

Kyabé 15-12-02 (domingo)

Armindo vive hoy en Kyabé su última fiesta de las cosechas. Me pide algo que siempre es un placer para mí: un reportaje fotográfico de la ofrenda realizada en la celebración de hoy domingo en Kyabé. Por comunidades presentan sus donativos en sacos llevados entre dos hombres y acompañados de algunas mujeres danzantes que vestidas de fiesta con una mano ondean en alto un pañuelo y con la otra cerrada como embudo sobre la boca proyectan el agudo grito del “yu-yú”. Al dejar el saco en el presbiterio las danzantes de cada comunidad evolucionan junto al saco depositado y se dan un palmetazo, parecido al de los jugadores de básquet después de realizar una canasta. Es muy bonito ese gozo tan físico de la alegría por el fruto del trabajo. Me fijo en el rostro de Armindo que preside la ceremonia: se lo está pasando muy bien.

El grupo BKV (Kyabé Verde) comenzamos a reflexionar las tareas que nos esperan para la campaña de concienciación para preparar la fiesta del árbol. Llegamos a la conclusión de que es mejor unirnos a la jornada nacional del árbol que dicen se celebra en julio o agosto. Yo todavía no la he visto celebrar nunca en Kyabé. Esperamos sea una buena forma de recibir todas las bendiciones de las autoridades locales. También saca alguien la idea de hacer de los terrenos escolares un lugar de plantación de árboles en colaboración con los directores de las escuelas, para que los árboles plantados sean cuidados por los mismos alumnos.

Acompaño a Pierre Mandei a Guila Gondoré para finalizar la negociación de la compra de ladrillos cocidos, para acabar la escuela de formación de allí. Al abandonar el lugar me dice si tengo tiempo para ir con él a ver el terreno de dos hectáreas donde ha cultivado el mijo. Una familia tiene unos montones de espigas trilladas delante de su casa. Es la cosecha del campo de Pierre. Es una familia campesina, muy pobre, del lugar. Es la puesta de sol, y sus viejos harapos están llenos de polvo del trabajo del día. Allí han trabajado desde la abuela, que aventa el grano lanzándolo al suelo desde una calabaza grande sostenida en alto al levantarse una pequeña brisa, hasta los niños que reciben órdenes del padre a cada momento, y de vez en cuando juegan revolcando sus polvorientas piernas sobre los montones de espigas destrozadas por los varazos del padre. Por ese duro trabajo se quedan el 20% de la cosecha.

 

Sarh 16-12-02 (lunes)

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            En el patio de casa veo movimiento de gente fuera de lo habitual. Armindo se reúne durante dos horas con tres hombres y tres mujeres bajo uno de los voladizos de chapa ondulada. Desde mi cuarto oigo un diálogo tenso. Entre ellos está el buen Gali Benoit que hace unos días perdió a Kímala, su mujer, por un tumor cerebral. Armindo me ha contado más tarde el caso. Se trata de que la hermana de la difunta acusa a Gali de haber provocado la muerte de su mujer por envenenamiento. Es la típica acusación cuyo origen más frecuente son los celos o la envidia hacia alguien. La acusadora ha logrado con mil argucias hacer entrar en el juego de la acusación a su madre, suegra de Gali. Llevaron el caso ante un juez de barrio y el que debía juzgar el caso habló con Armindo diciendo que el asunto no era de su competencia, que intentase mediar en el asunto a partir de un “consejo de sabios” de la parroquia. Las dos mujeres, madre e hija se han expresado con una visceralidad e irracionalidad impresionantes. La mejor respuesta por parte de los que escuchaban el caso ha sido la calma y no entrar al trapo. Cuando ha intervenido Gali para defenderse lo ha hecho con gran calma. Al cabo de dos horas las tres mujeres se han levantado poco menos que sacudiéndose el polvo de sus chancletas y han dejado plantados al resto del consejo sin despedirse. Ha sido el principio del reconocimiento de su derrota. Armindo me ha comentado que Gali estuvo a punto de llevar el asunto ante un tribunal tradicional, del que hubiese salido muy mal parada la acusadora, pues seguramente le hubiese costado la vida a ella por el hecho de haber acusado a un iniciado. Ya he contado a veces que la manera de demostrar la inocencia en estos tribunales tradicionales es la de beber obligatoriamente un potente brebaje: si no mueres eres inocente, si mueres eras evidentemente culpable. Armindo ha hecho un buen trabajo: solamente con el hecho de presidir esta absurda pero necesaria reunión. Por la contraventana veo a los cuatro hombres que se dirigen pausadamente hacia la salida de nuestro patio. Gali Benoit esboza una de las primeras sonrisas de esta semana tan dura que ha tenido.

Consigo atravesar el río y llegar a Sarh al atardecer.

 

Kyabé 17-12-02 (martes)

José el hermano marista responsable del garaje de Sarh me aconseja hacer las compras a pie pues ayer  fueron requisados todos los coches que circulaban por la ciudad, para liberarlos después de pagar una multa por la más pequeña tontería. La típica intervención por sorpresa para recoger fondos para pagar a los funcionarios.

En donde están los comerciantes nigerianos encuentro los saquitos de plástico negro de la calidad necesaria para el semillero del Proyecto “Bureau Kyabé Vert”.

El nivel del río desciende muy deprisa, y cuando estamos esperando la llegada de la barcaza, ésta se encalla en la arena. Después de muchas maniobras consiguen salir y el jefe de la barcaza nos pide que acudamos al varadero que está delante mismo del pueblo, para inaugurar desde ahora el nuevo recorrido. Ello nos obliga a pasar una zona pequeña del dique todavía cubierta por el agua, aunque el suelo es duro y fácil de pasar.

 

Kyabé 18-12-02 (miércoles)

Con los maestros carpinteros hago el inventario de fin de año. Repasamos toldos los objetos inventariados en las distintas dependencias del taller. A mi me resulta molesto este gesto fiscalizador pero comprendo que es necesario para la buena marcha del proyecto. Al final del inventario, las pocas herramientas que faltan o que se han roto tienen que reponerlas los dos formadores sustrayendo su precio de los beneficios de todo el año. En tres casos la herramienta no está pero me dicen que uno de ellos la ha cogido para un trabajo urgente en su casa. Me toca poner cara de juez y exigir el retorno inmediato de la herramienta.

Hoy comienzo mi gira de celebraciones navideñas en siete de los sectores del sector oeste de Kyabé.  Comienzo en Kouma, a 7 kilómetros, donde se concentran las comunidades del sector “rindjé sur”. Si la Navidad es la fiesta de los sencillos, aquí la saben celebrar de maravilla. Saben bailar, cantar y acoger con solo dejar fluir lo que son, y eso no les cuesta ningún trabajo, además de pasárselo muy bien. Bueno, en estas concentraciones siempre hay alguien a quien le toca la parte de más trabajo, en este caso se trata de Ñei, la mujer de Daniel, que tiene su casa a unos metros de la concentración y no la he visto parada un momento. Dirige el grupo de mujeres que preparan la comida para la fiesta. Todos los objetos para la comida están a ras de suelo. No hay mesas. Como Kyabé está a sólo 7 kilómetros vuelvo a casa para dormir allí la última vez antes de Navidad. Mañana de madrugada debo volver a Kouma para la segunda celebración con la gente que habrán roto el alba cantando y bailando.

 

Marabé 19-12-02 (jueves)

El sector “mara” y dentro de él el pueblo de Marabé es el lugar donde siempre he  visto una pobreza más severa. Hoy son ellos quienes acogen al resto de pueblos del sector. Hace una semana, la mujer que hace la comida a los niños del hogar Marabé que estudian en Kyabé vino a pedir si al ir hoy al pueblo podía llevarla a ella y a cinco de los niños del hogar. Marabé está a 40 kilómetros, y es una ocasión inmejorable para ella. Tradicionalmente cuando hay una fiesta en el pueblo la gente se concentra en las cercanías de la casa de Maurice Ngakinda y de su mujer Kíndara. La arenosa explanada de delante su casa está llena de gente llegada a pie de diversos pueblos. Veo a Maurice que una vez más pone cara de estar superado por todos los costados. Lleva un pié muy hinchado. Ayer se hirió con una brizna de arbusto que le ha inflamado todo el pie.  Cojea. Como no veo a Kíndara entro en el patio de casa para saludarla y la veo sobre una estera con cara de alma en pena, con el último bebé de casi un año y el anterior de casi dos años, muy lejos de la actitud de una anfitriona como la que requiere una tal circunstancia. Maurice me dice que está enferma: la veo con la cara especialmente hinchada. Lleva una llaga en la nalga derecha a la que le aplico un poco de polvo antibiótico. Me abruma el pensar que haya caído sobre ellos la responsabilidad de una acogida masiva. Menos mal que más tarde se despeja el panorama y nos desplazamos todos unos cien metros más al sur junto a la casa de Ngolmono y familia que toman el relevo junto a un buen grupo de mujeres que ponen en acción los morteros y los pucheros. Niños de piernas polvorientas aparecen por todos lados, intentando salir del anonimato con una sonrisa o una travesura que es interrumpida muchas veces por la reprimenda de un mayor o por una huída en estampida debido a la puesta en acción de una vara blandida por un adulto sobre el playero suelo. La noche es fría y la gente se concentra por comunidades en torno a una hoguera junto a un palo hincado en la arena con un papelito que indica el nombre de la comunidad. Yo he cometido el error de no traerme un jersey y no pienso solucionar el problema como ellos a base de danzar toda la noche junto a la hoguera. Ngolmono me lleva hasta un almacén cercano donde instalo mi cama plegable. Me duele la cabeza.

 

Kotongoro 20-12-02 (viernes)

He dormido muy poco. Me impresiona la fuerza con la que cantan y bailan. El tam-tam ha sacudido mi cerebro toda la noche sin llegar a ser vencido claramente por el sueño. Abro el botiquín y enseguida se organiza una cola de madres de bebés con fiebre. Aparece un hombre que se presenta como el marido de la mujer que traje ayer desde Kyabé. Viene a dar las gracias pues hacía tres meses que no la veía. Aparece una mujer joven muy delgada diciendo si le puedo dar comprimidos para su problema. Poco a poco voy sacándole que hace tiempo estuvo en tratamiento en un hospital, y que su problema es de tórax. No le puedo dar la solución milagrosa que pide. Le digo que necesita volver a pasar por un hospital. Pienso que podría estar tuberculosa, ¡pero qué sé yo! Los jóvenes que han llegado de los pueblos vecinos van en general bien endomingados, incluso con zapatos y algunos luciendo gafas de sol. Sin embargo el panorama de las madres del pueblo que llevan bebés encima es muy duro: suelen ir descalzas, con una falta de higiene impresionante. Los bebés no están raquíticos, es verdad. Pero unas cabezas que no han visto el agua hace tiempo, unos vestidos que no ven el jabón, etc. Una de estas madres lleva encima dos bebés gemelos de cerca de un año: uno en brazos y el otro a la espalda, con buenas legañas de conjuntivitis. En Europa se diría con facilidad que unos bebés que deben vivir en semejantes condiciones de vida y de higiene, con una ausencia total de asistencia sanitaria, están expuestos a un grave peligro de muerte. Esto explica las inexorables estadísticas de mortalidad infantil.

Durante el té de despedida veo a una niña inválida, con una mirada muy viva, que apoyada en una sola muleta se mueve con un desparpajo enorme entre la gente. La muleta es del mismo modelo que las fabricadas en nuestro taller. De pronto se me enciende una luz y le pregunto a Ngolmono : “¿Es ésta Monokadja (la hija del sol)?” “Sí, lo es” Hace unos tres años se arrastraba por el suelo y le enseñaron a valerse de las muletas que nos compró un tío suyo. En la celebración de la mañana las caras de cansancio de una noche en vela son evidentes. Pero son capaces de dar vistosidad a la celebración de la mañana con la ofrenda de frutos de la cosecha. Van vertiendo en el suelo, sobre una tela de saco todos los cuencos y saquitos de grano que cada uno regala para el funcionamiento anual de las actividades del sector. Se han recogido 68 “koros” de sorgo, es decir 170 kilos, que he traído hasta Kotongoró para almacenarlos aquí.

En estas concentraciones las plazas del coche están muy solicitadas para el regreso a los pueblos de origen. He avisado de la dirección en la que voy a salir, y los que se han beneficiado son los del pueblo de Bodo-Boo y de Ngabgotó. Lo siento por Ngolo Marc, que desde hace tiempo tiene raquitismo en una pierna y habrá tenido que hacer 14 kilómetros a pié. Cuando me lo pide, aunque supone alargar un poco el viaje hasta Kotongoró, le digo que no puedo hacerlo pues ya tengo el coche lleno de gente para los pueblos del camino más directo. El mejor sistema para organizar este espinoso asunto que siempre deja a alguien en tierra es el de responsabilizar de hacer una lista de viajeros a una persona ya madura del pueblo más lejano al que me dirijo. La lista es leída desde encima de la caja de carga del coche y a medida que salen los nombres de los afortunados éstos suben al coche sin ocultar los gestos de alegría. En general los hombres jóvenes son los desafortunados, y las mamás con bebés las que suelen entrar en la lista.

Me sorprende el encontrar poca gente en Kotongoró. Han decidido no tener esta noche ninguna celebración y organizar solamente la de mañana por la mañana. Mi cuerpo lo agradecerá. El simpático Nambátina me invita a comer la “boule” en su casa. En la penumbra de su patio, con una luna que empieza a decrecer veo al abuelo Robert junto a unas brasas. Mate, la mujer de Nambátina nos trae una bola con salsa larga: esa salsa que necesita una cierta pericia para ser recogida con los dedos y cortada a tiempo so pena de arrastrar un filamento, a modo de chicle, en el recorrido hasta la boca.

 

Kolokaha 21-12-02 (sábado)

Poco antes de la celebración de las ofrendas en Kotongoró veo cierto nerviosismo en Valentín Yemaa y otros responsables del sector que observan la poca gente que ha venido a la fiesta. Organizan un pequeño comité de urgencia para retrasar la fiesta al encuentro de dentro de un mes. Me da la siguiente explicación: “Todos los vecinos de la zona está muy asustados con el problema de la presencia de los rebaños de los nómadas. Todavía no se han concluido las cosechas y en cualquier momento pueden entrar en tu campo si no lo guardas día y noche. Por eso no ha podido venir la gente. Si con la poca gente que ha venido damos por realizada la fiesta de la ofrenda, este año no podremos recoger el grano necesario para las actividades normales del sector pues solo hay una tercera parte de la gente” Propone a la gente de los pueblos vecinos que si quieren dejen su grano en un saco, previa anotación de la cantidad depositada, para recogerla y presentarla de nuevo en el encuentro del mes que viene. A todos les parece muy razonable. Y como si se tratase de demostrar que el argumento esgrimido de la falta de asistencia es válido, a la media hora aparece Denis de Kémata, diciendo que ayer tarde tuvo una pelea con los nómadas “fulatas” en su campo. Entraron con sus corderos en su campo de sorgo y les instó a marcharse. Pero no sé por qué extraños mecanismos, esos hombres sin tierra y con derecho a pasearse por las tierras de los demás sienten como agresión el hecho de que alguien moleste a su única propiedad, el rebaño. Sacaron sus flechas y cuchillos para hacer frente a Denis y a quienes vinieron en su ayuda. Lograron quitarles dos arcos y varias flechas, además de dos largos machetes, pero Denis me enseña unas leves heridas en ambas muñecas y una herida de flecha en su espalda que por suerte entró sólo un poco y logró arrancarla sin hacer rasgaduras. Con cierta excitación me dice: “Igual que ahora te lo cuento, podría también estar muerto en este momento. Pasado mañana lunes, llevaremos estas armas a la subprefectura para denunciar el caso”

Les hace mucha ilusión a los jóvenes del movimiento de lucha contra el alcohol, el JOLCA, el nuevo carné realizado en la imprenta de Sarh. Proponen el 15 de enero como día de reflexión y encuentro en Kotongoró para todos los jóvenes de la zona, miembros de dicho movimiento.

Nunca me había ocurrido hasta ahora en Kotongoró, pero son las tres de la tarde y nadie me ha ofrecido hoy nada para comer. Hago alguna insinuación preguntando por algún sitio donde poder comprar unos cacahuetes o lo que sea pues hoy no he comido nada. Me dicen que aquí sólo hay mercado una vez por semana, y que hoy es imposible encontrar a nadie que pueda venderme algo. Mi esperanza está en que al llegar a Kolokaha me ofrezcan la consabida bola. Me resulta muy duro aceptarlo, pero también forma parte de la realidad de la gente. El hambre momentánea solamente pueden calmarla en algún momento de la estación de lluvias, cuando tienen a mano el maíz tierno, las judías o los cacahuetes. El resto del año, como la base alimenticia es el sorgo, y el trabajo de moler es exclusivamente femenino, los hombres tienen que aguantarse hasta que la mujer tenga lista la comida, para la cual no existe un horario fijo.

Cuando asisto a grandes concentraciones, los que te acogen van desbordados y muchas veces te quedas sin el barreño de agua para lavarte. El baño en las tranquilas aguas embalsadas del río a su paso por Gotoberí es de lo más gratificante y me ayuda a olvidar por un rato el hambre que tengo. Un abrazo navideño muy grande para todos: Manolo.