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El viernes 3 de noviembre de 2006, a las 19h30 y en el Centro Pignatelli, CCP-Zaragoza organizó una mesa redonda con motivo del 40 aniversario del Vaticano II y con el título Cómo se vivió el Concilio. Participaron en ella José Bada, Adoración Navasa, Lucio Arauzo y Adolfo Burriel, moderando Teresa Pascual. El sábado 4, a las 18h y en el mismo centro, se celebró una Eucaristía.
Santi Villamayor
Fue la mesa redonda un ejercicio de memoria histórica. La generación del
Concilio recordamos el impulso y la renovación tan importantes de ese
acontecimiento y proceso de apertura. Los más jóvenes, algunos se decían de la
generación del Sínodo, atendieron a un capítulo de “Cuéntame como pasó” en clave
religiosa.
En la Eucaristía se ofreció una ventana como símbolo de esa casi revolución de
la mentalidad cristiana. Y como trascripción de las palabras de Juan XXIII:
abrir las ventanas de la Iglesia. Pero fue algo más que abrir una ventana. Si
pasáramos a cámara super rápida estos años de evolución eclesial semejaría no una
apertura sino un estallido. Las ventanas saltarían como en esos reportajes o
películas de ciencia ficción en las que vemos pasar las nubes o el crecimiento
de las plantas de todo un año en pocos segundos. La iglesia explosionó en la
calle.
La mesa redonda fue mas bien un recuerdo a cámara lenta para que las vivencias y
los significados pudieran sentirse como requiere la memoria, con sentimiento.
Más aun al presentarse en clave autobiográfica.
Esa mirada al pasado, ese tomar conciencia de cómo éramos y como somos, con
secuencias quizás demasiado eclesiásticas -es lo que había- no impidió
comprender la verdadera revolución que fue el concilio. En él la Iglesia se
inmoló, se rompió como la granada que cae al suelo y se desperdiga en multitud
de rubís esparcidos en el amplio espectro del suelo utópico de la humanidad. Y
más o menos creyentes, por encima o debajo de la ortodoxia, en solitario o en
trozos, fuera y dentro de las instituciones, por ahí pulula una inmenso
sarpullido de viejos confiados en el ser humano, preguntándose si su confianza
les viene del Dios trino o de la universalidad del espíritu, del Concilio o de
otros pueblos también escogidos por ser pobres. Gotas de un lloviznar cuyo
principio el Concilio resituó en Jesucristo como se dijo en la mesa. Un
lloviznar que precisamente caía a esas horas sobre otra iglesia en la calle.
Del Concilio se derivaron la apertura a la modernidad, la conciliación con la
ciencia, la inserción en el mundo obrero, las teologías de liberación, la
conciencia global de justicia de hoy día. La Iglesia voló por las ventanas, por
donde entró el viento fresco de otros profetas y por donde estalló impelida por
una gracia del Espíritu.
En la mesa se resaltó sobre todo el vuelco hacia el mundo social, el esfuerzo
por comprometerse con los débiles y con sus opciones sociopolíticas; también la
transformación de las instituciones eclesiales. Quedaron solo insinuados otros
aspectos de ese aggiornamento. Quedaron sin ver otras miradas desde fuera que
valorasen la importancia del cambio católico para el mundo de la segunda mital
del siglo XX. Sí se constató la involución que hoy intentan imponer algunos
grupos preconciliares nuevamente reanimados.
Y muy especialmente quedó para otro momento una mirada al futuro. Una reflexión
sobre cómo realizar hoy una nueva conversión como aquella. Qué respuesta dar hoy
en este mundo secular, de ideologías plurales, o de su carencia, y
multirreligioso. Como cooperar con esa convergencia de la justicia, con esa
“internacional de lo humano” que dice Jon Sobrino, nuevos símbolos del Reino que
anunció Jesús de Nazaret. (Siempre nos quedará París aunque nuestra Casa-blanca
aun esté un poco ensotanada).
Se nos notaba mayores, limitados en nuestros buenos deseos y en parte recelosos
de la senda a veces ancha a veces irritante que otros sectores de la Iglesia y
la sociedad presentan en nombre de Dios. Por eso una Eucaristía cálida,
esponjada, humilde, nos vino muy bien para reconocernos nosotros también como
débiles y sentir el apoyo intergeneracional, el de la tradición y la esperanza
compartida. Aunque algunos, “El mismo amor, la misma lluvia” estaban partidos,
entre esta eucaristía y la manifestación que por el Paseo de la Interdependencia
recordaba los años setenta.
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