EL FUTURO DE LAS CCP: ALGUNAS PAUTAS SOBRE SU ESPIRITUALIDAD, 

TEOLOGÍA Y TAREA EVANGELIZADORA.

2 de abril de 2.000 Julio Lois

 

Poder celebrar las CCP en los tiempos que corren, sometidos como estamos a un ritmo tan intenso de cambio, 25 años de existencia es ya, sin más, algo positivo y hasta sumamente significativo. ¡Hemos asistido en este último cuarto de siglo a la aparición y desaparición de tantas cosas!

En el momento actual, cuando estamos reivindicando como algo decisivo -y muy esencialmente vinculado a nuestra identidad cristiana- una “cultura de la memoria” capaz de liberarnos de esa inquietante “cultura del olvido” que nos envuelve y que busca la tranquilidad en convivencia pacífica con la insolidaridad, era indispensable hacer un ejercicio de recuperación de la historia de las CCP, es decir, la historia del “lugar eclesial” conscientemente elegido por todas y todos los que aquí estamos para vivir nuestra condición de creyentes cristianos. Es por eso que hemos de felicitarnos por el día de ayer. El esfuerzo que ha representado la exposición y las dos magníficas charlas de Concha y de Jesús son un verdadero y hasta brillante ejercicio de reivindicación de esa “cultura de la memoria” que resulta indispensable si queremos marchar hacia el futuro que hemos de ir construyendo recogiendo los 25 años ya vividos, con todos los logros conseguidos y, además, con todas las “asignaturas que restan pendientes”, que bien sabemos que no son pocas.

Me habéis encomendado presentar algunas pautas -en los campos de la espiritualidad, teología y acción evangelizadora- que puedan servir de orientación en la tarea irrenunciable de ir construyendo el futuro. Desde luego, el mero hecho de proyectarse hacia el futuro supone la convicción de que es preciso seguir adelante, informados por la esperanza. Nuestro encuentro no es imaginable si estuviéramos dominados por el desencanto o la desesperanza. Pero supone todavía más: supone que estamos dispuestos a continuar nuestra andadura como CCP, actualizando y fortaleciendo nuestro movimiento comunitario, situándonos lo más lúcidamente que sepamos y podamos en el momento actual, en los umbrales de este nuevo siglo, teniendo en cuenta los desafíos que nos salen al paso.

En el ánimo de todas y de todos está, estoy seguro, aprovechar esta celebración de los 25 años para renovar cara al futuro nuestra opción por las CCP, asumiendo, eso sí, sin falsos escapismos ni optimismos infundados, las dificultades que tal renovación entraña en el momento actual. Estamos asistiendo, en efecto, como se nos recordaba ayer, a un doble proceso que dificulta toda transformación positivamente renovadora: el de involución en el seno de nuestra Iglesia y el de abdicación utópica en el seno de la sociedad civil.

La reflexión que os ofrezco no pretende otra cosa que proporcionar algunas pautas que puedan fortalecer a las CCP en su caminar irrenunciable, en estos tiempos recios, hacia el futuro. ¿Cómo seguir adelante en el seno de una Iglesia que parece embarcada en un nuevo proceso de restauración y en el seno de una sociedad que todavía -y a pesar de algunos síntomas de cansancio que afortunadamente empiezan a detectarse- parece en buena medida deslumbrada por la lógica neoliberal, que genera tantos excluidos?

Dejando atrás, como nos sugería ayer Jesús, las etapas del desencanto y de la mera resistencia ¿cómo fortalecer nuestra propia identidad para seguir caminando con espíritu de “corredores de fondo”, superando la “fatiga” que a veces quiere envolvernos? ¿Cómo testimoniar que es posible abrazar las tareas pendientes con esperanza, sin dejarnos vencer por esa ofensiva ideológica interesada que nos habla del mito de “la inmutabilidad social” o del tan traído y llevado “fin de la historia”?

Contestar a preguntas como las formuladas y ser fieles a las respuestas que entre todas y todos vayamos dando es la tarea que nos aguarda, según creo, en los años próximos. Tal vez estemos en mejores condiciones de hacerlo cuando celebremos las bodas de oro. O cuando las celebren los que allá lleguen. Pero ya podemos atisbar algunas pautas. De eso se trata en esta charla, ya que pretender otra cosa sería demasiado pretencioso por mi parte.

Esas pautas -muy elementales y seguro que muy conocidas, pero que siempre pueden ser profundizadas, sobre todo aprovechando un encuentro de las características del nuestro- se sitúan en tres campos fundamentales de la vida de nuestras comunidades: el de la espiritualidad, la reflexión teológica y la tarea evangelizadora. Los dos primeros campos nos refieren a lo que podríamos llamar la vida interna de las comunidades; el tercero, en cambio, nos abre ya a la sociedad en general, es decir, al espacio en el que ineludiblemente se tiene que realizar toda acción evangelizadora.

I) Algunas pautas relativas a la espiritualidad de las CCP.

Como bien sabéis, una de las críticas que con más frecuencia se hace a nuestras CCP se refiere a la supuesta debilidad de su espiritualidad. Es una crítica muy extendida, sobre todo en determinados ámbitos eclesiásticos. Se nos dice, por ejemplo, que nuestra espiritualidad está vinculada a una experiencia poco profunda de fe o que tenemos una visión “reducida”, “horizontalizada” o “temporalizada” del mensaje cristiano, excesivamente polarizada hacia el compromiso sociopolítico, que impide el desarrollo de una espiritualidad más profunda. Mediaciones a través de las cuales ha de vivirse y expresarse la fe -como, por ejemplo, la reflexión, la oración personal y comunitaria, la celebración- han sido menospreciadas por las CCP, se suele añadir.

¿Qué decir de estas críticas? Personalmente considero que son, globalmente consideradas, al menos en buena medida, injustas. Podríamos “defendernos” haciendo oídos sordos a las mismas. Pero conviene recordar el proverbio chino: cuando alguien apunta hacia la luna sólo el imbécil mira hacia el dedo; el inteligente mira siempre hacia la luna.

Pues bien, si miramos hacia la luna tal vez sería conveniente reconocer que, especialmente en la década de los setenta, pudo producirse algo parecido en nuestras CCP a lo que podríamos llamar excesivo deslumbramiento o fascinación ante el descubrimiento de la importancia del compromiso sociopolítico en la vivencia cristiana de la fe. Al menos en mí, personalmente, y en algunas comunidades cuyo caminar he podido acompañar, sí se produjo algo así. Pero me parece igualmente verdadero que ya a partir del inicio de la década de los ochenta se produjo un giro en este punto. Empieza a considerarse como reto decisivo conseguir vivir una espiritualidad en la que se logre articular o armonizar de forma conveniente los que podríamos llamar polos místico y político de la existencia cristiana. Cada vez nos vamos sintiendo más identificados con la afirmación de K. Rahner: el cristiano del futuro será místico o no será.

Mi impresión es que hoy el tema de la espiritualidad -si por espiritualidad entendemos, de acuerdo con J. Mª Castillo, el estilo o talante que todo creyente ha de tener al vivir el evangelio de Jesús, movido por el Espíritu- no sólo no nos resulta ajeno, sino que nos parece fundamental y prioritario. Una espiritualidad así entendida, estrechamente vinculada al seguimiento de Jesús, tiene que ser reivindicada con fuerza, ma parece, por las CCP.

Me permito ahora recordaros cuáles podrían ser las características fundamentales de esa espiritualidad.

Su experiencia fuente ha de ser el encuentro-conversión con el Dios de Jesús , es decir, el encuentro con el Dios del Reino. Encontrarse con el Dios del Reino es encontrarse con el Dios que en la historia nos hace una oferta de salvación consistente en una nueva forma de vivir informada por la fraternidad y el respeto a la dignidad de todos los seres humanos y muy particularmente de los pobres, de las víctimas. Un encuentro, en suma, con el Dios de la vida, el Dios de los pobres o las víctimas, el Dios que se nos ha revelado a través de la vida y el mensaje de Jesús de Nazaret. Encuentro con Dios que supone conversión al Reino. Este encuentro-conversión -algo sumamente “radical”, porque demanda situar la causa del Reino en primer término y convertir todo lo demás en “añadidura”- es lo que permite ser discípulos de Jesús, entrar en la vía de su seguimiento. Él vivió informado por el encuentro con Dios (“Abbá”, Padre-Madre) que se tradujo en entrega confiada a la causa del Reino, como causa de ese Dios. Si partimos de esa experiencia fuente tendríamos una espiritualidad vigorosamente teocéntrica y, por lo mismo, reinocéntrica, que fue la espiritualidad del mismo Jesús.

Hablamos, en segundo lugar, de una espiritualidad que tiene como condición raíz de posibilidad la docilidad al Espíritu de Jesús. Esto -que es casi una tautología, porque no hay espiritualidad sin docilidad al Espíritu- podría concretarse en lo que podríamos llamar ligereza de equipaje, es decir, en esa pobreza evangélica que nos permite experimentar la belleza de la austeridad, entendida fundamentalmente como fuente de libertad para estar al servicio real de la causa del Reino. Hay que andar muy ligero de equipaje para no caer en la idolatría, para no estar entretenido o divertido, como diría Pascal. La docilidad al Espíritu nos “centra” en el Reino, tesoro escondido o perla preciosa, que merece el desprendimiento de todo lo que nos aparta de él.

Es también una espiritualidad que tendría como presupuesto fundamental la honradez y la fidelidad con lo real. Dicho de otro modo: hablamos de una espiritualidad cristiana cuyo presupuesto fundamental es que la conversión a Dios se traduce en conversión a lo real, en “mística de los ojos abiertos”. El Dios de Jesús -Dios de la historia, Dios de vida y Dios de los pobres- nos remite a lo real. Convertirse a Él implica conocer la realidad, estar atentos a “los signos de los tiempos”, y además ser fiel a lo conocido, es decir responder de forma efectiva a los clamores de la realidad conocida. Pero es preciso tener en cuenta que convertirse a lo real, evangélicamente hablando es convertirse al clamor de los pobres o las víctimas, los “excluidos” o “sobrantes”, porque como decía Mounier la verdad “es estar del lado de los pobres” . En realidad esto es traducir a la espiritualidad la fidelidad a la memoria de la cruz, en cuanto ésta fue el resultado, entre otras cosas, de la solidaridad de Jesús con la causa de los más débiles.

Sería igualmente una espiritualidad informada por el talante o espíritu propio de las bienaventuranzas. Según la formulación de Mateo lo que nos abre a ese talante o espíritu es la opción evangélica por los pobres (cf. 5, 3 ss.). Un espíritu o talante que se caracteriza por la mirada limpia, para ver sin miedo la realidad; por el corazón puro para dejar que nuestra existencia pueda ser “interrumpida” por lo visto y actuar movidos por la misericordia; por la capacidad de luchar por la justicia y la paz, asumiendo la conflictividad de lo real...

Estamos hablando de una espiritualidad que por ser cristiana tiene que tener como contenido fundamental el amor, traducido en discipulado o seguimiento de Jesús. Un amor, y esto es indispensable recordarlo, vinculado esencialmente a la realización de la justicia, bíblicamente entendida, es decir, a la defensa de los indefensos (y no simplemente a “dar a cada uno de lo suyo”, si lo suyo de cada uno ha de ser concretado por las leyes vigentes. Y es que ya sabemos, por ejemplo, lo que es lo suyo del Sr. Villalonga y de los propietarios de las “stocks options”...). Si la caridad no implica la realización de la justicia se desvirtúa de forma inevitable y pervierte la identidad propia del amor cristiano.

Tiene como desafíos prioritarios -y sigo con las características- , por una parte, la articulación feliz del polo místico y del polo político de la existencia cristiana o, expresado de otra forma, la articulación feliz de la contemplación y la acción, de la celebración y la vida, de la oración y la reflexión... Y, por otra, la articulación también feliz, a la hora de realizar el compromiso, del polo de lo personal y lo estructural, de la gratuidad y de la eficacia (dice bellamente J. Sobrino: el “summum” de la gracia se experimenta en el don de las manos nuevas para realizar la justicia, para hacer una nueva creación), de la militancia y el sentido lúdico...

Como toda espiritualidad verdaderamente cristiana tiene como horizonte último la esperanza. Una esperanza con toda su tensión utópica, derivada en última instancia de la memoria fiel a la resurrección de Jesús. Una esperanza que, como decía Pablo, es preciso mantener en ocasiones “contra toda esperanza”, es decir, que resiste la confrontación con el fracaso histórico, la presencia del mal en la historia, la fatiga acumulada. Una esperanza así es, como diría Peguy, un auténtico milagro. Pero es fundamental para acompañar la vida de los que nos consideramos seguidores de aquél que supo seguir esperando desde la misma cruz.

Tiene además como consecuencia histórica, prácticamente ineludible, el conflicto. Vincular la espiritualidad cristiana al conflicto es una de las características más propias de la espiritualidad reivindicada por las comunidades cristianas de base de todos los continentes. A partir de los énfasis que hacemos al vivir el seguimiento de Jesús, el conflicto aparece inevitablemente. También Jesús se encontró con él, y no porque lo buscase directamente. Lo único que Jesús buscó “in recto” fue el servicio al Reino. Pero servir al Reino en su tiempo y en el nuestro supone capacidad para asumir la conflictividad, dado el carácter “contracultural” que los valores de ese Reino tuvieron entonces y siguen teniendo ahora. La capacidad para asumir el conflicto que genera la fidelidad al servicio del Reino es, según creo, un magnífico termómetro de verificación de la seriedad de la espiritualidad cristiana.

Por último, esta espiritualidad tiene como motores de alimentación los que son propios de toda espiritualidad verdaderamente cristiana: el silencio, que facilita contemplar la realidad con “los ojos de Dios”, la oración en sus diversas formas, la celebración, sobre todo eucarística, la lectura bíblica, la buena teología...

Al reivindicar una espiritualidad con las características mencionadas estamos reivindicando, me parece, una espiritualidad pascual, profundamente profética, que acentúa la dimensión testimonial, martirial. Es una espiritualidad del seguimiento de Jesús, claramente trinitaria, que insiste, por una parte, en la exigencia de encarnación en el mundo (honradez y fidelidad con lo real), y por otra, en la trascendencia que abre al creyente a la realidad última y siempre misteriosa de Dios.

Con esta espiritualidad pretendemos superar todas esas escisiones que pueden desvirtuarla: las que separan y hasta enfrentan lo natural y lo sobrenatural, lo material y lo espiritual, la historia profana y la historia de la salvación, el individuo y la sociedad, la persona y la comunidad, el mundo interior y el mundo exterior, lo privado y lo público, lo religioso y lo político, la conversión personal y la transformación de la sociedad...Quiere ser una espiritualidad “no trascendentalista”, pero sí orientada hacia lo trascendente, una espiritualidad que “no es inamentista”, pero que sí refiere a la inmanencia, convencida de que la trascendencia del misterio se sacramentaliza en la densidad de lo real.

II) Algunas pautas relativas a la teología

En 1.986, en el Documento-Programa de las Comunidades de la Iglesia de Base de Madrid se decía lo siguiente: “La práctica de una presencia profética liberadora en nuestra sociedad exige de nosotros una formación continua; esta formación no la entendemos como una acumulación teórica de saberes sino como un proceso permanente en el que están unidas la reflexión y la acción transformadora de la realidad. Para ello consideramos importante la conexión que debe realizarse entre el análisis de la realidad y la reflexión bíblica”.

Me parece que lo que aquí expresan estas comunidades de la Iglesia de Base de Madrid responde a un anhelo ampliamente sentido en el seno de las CCP. Etapas anteriores, en las que parecía percibirse cierta alergia a la teología, parecen hoy superadas. Para responder a los retos del futuro necesitamos profundizar en una reflexión que parta de nuestra experiencia espiritual y nos permita elaborar una teología más creíble y significativa y más personalmente asumida, teniendo en cuenta el momento en que vivimos y nuestra propia identidad de CCP.

Me limito a presentar brevemente algunas de las claves que a mi parecer deben informar la elaboración de la teología que necesitamos las CCP.

En primer término necesitamos una teología capaz de responder a los grandes desafíos que se plantean hoy a la fe cristiana, es decir, una teología que sea, al igual que nuestra espiritualidad, honrada y fiel con la realidad y sus exigencias. Entre esos desafíos habría que citar, sin pretensión alguna de exhaustividad, los que se derivan de la situación de injusticia existente, con su abismo de desigualdad que genera pobreza severa y hasta exclusión social, discriminación por razones de género, deterioro ecológico...; los que plantea el ejercicio de la razón crítica moderna y posmoderna, con todas sus sospechas sobre la posibilidad misma de ser hoy razonablemente cristiano; los derivados del policentrismo cultural y, más en concreto, del pluralismo religioso que cuestionan el etnocentrismo cultural que aqueja a la interpretación actual de la fe cristiana y su pretensión de significación salvífica universal; los relacionados, en fin, con lo que suele llamarse proceso creciente de “eclesiastización del cristianismo” que parecen demandar una gran libertad para acometer reformas en el gobierno y organización de nuestras Iglesias.

Todos los desafíos mencionados, y algunos otros que podrían añadirse, me parecen decisivos. Pero para las CCP ocupa un lugar prioritario, me parece, el desafío de la injusticia, es decir, el que brota del clamor de las víctimas. Para responder a tal desafío necesitamos una teología que sea capaz de explicitar la virtualidad liberadora del mensaje cristiano, es decir, su capacidad de contribuir al logro de un mundo más justo, sin excluidos o víctimas.

Podríamos entonces concretar la primera clave diciendo que la teología de las CCP tiene que hacerse cargando con el clamor de las víctimas, interpretando el mensaje de nuestra fe desde la solidaridad comprometida con ellas. Ese clamor, traducido en solidaridad comprometida con la causa de la justicia, tiene que constituirse en momento interno de la reflexión teológica que hagamos en las CCP. No parece necesario ampliar más este punto, que nos resulta a todas y todos sumamente familiar. Recogemos, con esta primera clave, la mejor herencia que nos proporcionan las “nuevas” teologías políticas nacidas en Europa y las teologías de la liberación nacidas en el llamado “tercer mundo”, cuya reflexión hemos de proseguir teniendo muy en cuenta nuestra propia realidad.

En segundo término creo que en las CCP necesitamos una teología hecha en clave sapiencial. Esto equivale a decir que nuestra teología, siempre vinculada a la experiencia gozosa de la fe, debe estar especialmente preocupada en poner de manifiesto el carácter de “buena noticia de salvación” que tiene el mensaje cristiano. A partir de esa experiencia que nos permite afirmar con verdad que la vivencia de la fe es un gran don que nos hace mejores, y no sólo más verdaderos, hemos de hacer una teología que sea fuente de bondad y de belleza. Una teología que reflexione sobre la experiencia de la fe vivida personal y comunitariamente, capaz de otorgar sentido y dignidad a la vida de las personas y los pueblos y no sólo preocupada de la verdad en sí misma considerada. Lo que necesitamos en las CCP es una teología profundamente espiritual, en el sentido más riguroso y preciso del término, sin pérdida alguna de rigor, capaz de acreditarse a sí misma por su capacidad de enriquecer la vida de las personas, especialmente la vida de aquellas que están especialmente amenazadas por la injusticia que acerca a la muerte temprana e injusta. Una teología, pues, conectada no sólo con la vida que esperamos más allá de la misma muerte, sino también con la vida antes de la muerte, con tanta frecuencia injustamente amenazada.

La tercera clave es la de la humildad. ¿En qué sentido? Necesitamos una teología muy consciente de sus límites, sabiendo que al considerar e interpreetar los misterios de la fe no son aconsejables las palabras innecesarias, la verborrea retórica, la apologética tan contundente como poco consistente. No se trata de invocar rápidamente el “misterio”, por la “vía del atajo cómodo” , tratando así de encontrar una especie de fácil coartada que justifique la ausencia del esfuerzo reflexivo. Pero sí se trata de ser muy sensibles a a lo inenarrable e inaferrable de Dios, el misterio absoluto.

En teología sólo conviene decir lo que es posible decir, lo cual supone humildad para callar cuando es preciso callar. Al final y al comienzo de toda reflexión teológica estamos obligados a mantener el silencio que exige la impotencia del lenguaje y el desbordamiento del misterio. Nada menos que K. Barth decía: “como teólogos hemos de hablar de Dios, pero somos seres humanos y en cuanto tales no podemos hablar de Él; tenemos que saber ambas cosas: nuestro deber y nuestro no poder y así dar gloria a Dios”.

La humildad en la teología obliga al cultivo de la parquedad, es decir, a evitar vincular esencialmente con la fe muchas mediaciones -morales, institucionales, por ejemplo- que son meramente históricas. Habría que recurrir a un lenguaje teológico en muchas ocasiones más contingente e hipotético o más interrogativo y menos contundente, más sugerente y menos dogmatizante...Evitar en todo caso ese ejercicio de arrogancia que se deriva de la convicción de que en teología podemos decirlo todo, saberlo todo, resolverlo todo, ya que estamos en “posesión” de toda la verdad.

Otra clave fundamental parece la del diálogo . Necesitamos hoy una teología realizada desde el diálogo: sólo dialogando con el ser humano actual a quien ve la teología cristiana podrá decir algo significativo del Dios a quien no ve.

En realidad, al señalar la primera clave ya decíamos que la teología tiene que hacerse dialogando con o dejándose informar por el clamor de las víctmas. Me limitaría ahora a añadir que tenemos que hacer teología en las CCP dialogando de forma honesta, leal y crítica con nuestra nueva situación cultural. No es posible ignorar que vivimos ya en una sociedad democrática, laica e ilustrada, marcada por la Modernidad y también por ese avatar de la misma que llamamos Posmodernidad, con el consiguente pluralismo, incluso de cosmovisiones, que lleva consigo. Es preciso reconocer esta nueva situación en su sustancial legitimidad para entablar con ella un diálogo crítico. Cualquier actitud nostálgica que nos lleve a vivir de espaldas a la profunda novedad de la situación en que vivimos nos llevará a producir una teología insignificante.

Pero permitidme que concrete esta clave del diálogo hablando de la necesidad de activar en nuestras CCP la relación entre las bases, agentes de pastoral y los teólogos/as profesionales. Una sugerencia muy concreta: ¿no convendría plantearse en serio en CCP la creación de Escuelas de teología en las que se eligiese una metodología que facilitase esa interrelación entre bases, agentes de pastoral y teólogos/as? ¿No se podría en ellas ir elaborando guiones catecumenales para ofertar a las CCP y facilitar así esa formación teológica permanente que hoy parece indispensable? Ojalá consideréis con atención estas sugerencias y, desde Aragón, concretéis cómo realizarlas prácticamente.

La última clave a la que quiero referirme es la de la libertad. Partimos aquí de una convicción: la crisis de significación de la teología está vinculada a la carencia del clima de libertad que toda reflexión necesita para dar su fruto. No digo que la falta de la libertad sea la causa de la carencia de significación de la teología, pero sí digo que es una causa importante. ¿Sería exagerado afirmar que buena parte de la producción teológica está aquejada de la sumisión al “monopolio didascálico” de la jerarquía? ¿No se hace mucha teología mirando al tendido o incluso mirando al presidente? ¿Qué espacio real de libertad tiene en este momento la teología para expresarse públicamente sobre algunas cuestiones discutibles y opinables de especial relevancia? Se hace difícil la discrepancia, el disenso públicamente expresado y el pluralismo legítimo parece volverse problemático.

Las CCP tienen que ser un espacio dotado de la libertad que se necesita para reflexionar y expresarse públicamente.

III) Algunas consideraciones sobre la tarea evangelizadora

En relación con la tarea evangelizadora se me ocurren dos consideraciones fundamentales: hay que recuperar la conciencia de la urgencia de seguir evangelizando y hay que intentar clarificar cómo evangelizar hoy.

En primer término, decía, recuperar la conciencia evangelizadora. ¿Me equivoco si digo que estamos, en las CCP, envueltos en una especie de “cansancio o fatiga” que nos impide sentir la urgencia gozosa de evangelizar?

¿Cómo recuperar la conciencia de la urgencia de la tarea evangelizadora? Tal vez sólo hay un buen camino para esa recuperación: profundizar personal y comunitariamente en la experiencia gozosa de la fe. Se trata, mediante tal profundización, de poder llegar a decir con sinceridad que estamos contentos de ser creyentes cristianos, que vivimos gozosamente la fe, que experimentamos que tal vivencia nos hace mejores y nos identifica más con lo mejor de nosostros mismos, que hemos tenido en fin la dicha de encontrarnos con la perla preciosa o el tesoro escondido, con la Buena Noticia de salvación, que otorga sentido y plenitud a nuestra existencia, incluso cuando nos confrontamos con los avatares y adversidades que nos acechan cotidianamente. ¿No fue desde una profundización semejante que Pablo clamó “ay de mí si no evangelizare”?

Tenemos que personalizar a fondo la vivencia de la fe, para experimentarnos siendo gozosamente creyentes. En la cuestión de la fe nunca ha sido posible vivir de rentas, limitándonos a recoger la herencia recibida. Pero en los tiempos que corren, menos que nunca. Hoy, como bien sabemos, ser cristiano ha dejado de ser obvio. En realidad, nos sorprendemos todos los días siendo creyentes. No digo que seamos una especie de resto extraño, habitantes de un insólito parque jurásico, como algunos se apresuran a afirmar. Pero no cabe duda de que el convencimiento de que el Evangelio de Jesús es realmente Buena Noticia no es lo usual en nuestros ambientes. En estos tiempos recios -recios por tantos motivos- necesitamos, pues, profundizar en la personalización de la fe para recobrar la conciencia de la urgencia de evangelizar.

Pero ¿cómo evangelizar hoy? Se me ocurren algunas sugerencias que os presento, para terminar, con suma brevedad.

Hoy conviene evangelizar primeramente desde esa conversión personal que nos permite experimentar la Buena Nueva como gracia que nos sale al encuentro ofreciéndonos salvación, es decir, sentido y plenitud de vida. Es decir, desde la conversión que permite captar la Buena Noticia de Jesús como algo diferente que nos hace diferentes (en el sentido de mejores), como afirma J. L. Segundo. Por eso la evangelización no es tanto comunicación de ideas claras y distintas, cuanto saber provocar actitudes, invitación a vivir informado por los valores evangélicos. Saber comunicar, en suma, vida que confiere dignidad, sentido, esperanza...

Conviene igualmente evangelizar, volviendo a ideas ya anteriormente desarrolladas y aplicándolas ahora a la tarea evangelizadora, desde la honradez y fidelidad a lo real, teniendo en cuenta que la gran verdad de lo real es el clamor de las víctimas. No se puede evangelizar sin asumir la memoria del crucificado que lleva consigo la fidelidad a las demandas de los crucificados de hoy. Por eso no es concebible una tarea evangelizadora que no sea vigorosamente profética y no esté estrechamente vinculada a la realización de la justicia en esta tierra, a la defensa de la dignidad de las personas y los pueblos. Se evangeliza testimoniando, siendo testigos con unas vidas informadas por la encarnación y el compromiso.

Añadiría finalmente que conviene evangelizar a partir del silencio contemplativo que nos permite ver la realidad con los ojos de Dios y nos permite escuchar, a través del espesor de la vida cotidiana, lo que Dios nos va diciendo.

Así seremos capaces de evangelizar sin arrogancia, sin falsos complejos de superioridad o inferioridad, sin recurrir a medios de poder que no respeten cuidadosamente la libertad de las personas, con paciencia y talante de “corredores de fondo”, sin la angustia que deriva de pensar que somos el “ombligo del universo” o que queremos a la gente más que el mismo Dios...

Si las pautas ofrecidas son tomadas como tales, como simples e incompletas pautas a las que se pueden añadir muchas otras, y si de esta manera son capaces de suscitar una reflexión posterior que enriquezca lo dicho, esta charla habrá cumplido su misión. Que así sea.

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