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Microteología El gozo del Evangelio

Miguel Rubio
Sal Terrae
Septiembre 1992

        En el Evangelio, la imagen que allí se nos transmite de Jesús nos presenta al hombre feliz que por todos los medios intenta restar dolor a la vida de los hombres, a quienes reiteradamente proclama "bienaventurado" y declara destinados a la felicidad. "Es la lectura del evangelio la que debe hacernos olvidar la idea de que el sufrimiento es un valor en sí".  Jesús aparece demasiado familiarizado con el dolor humano, que él mismo experimentó hasta el extremo, como para ignorar o desdibujar su dramático realismo. Pero no predicó el masoquismo ni la resignación; ni siquiera se avergonzó de pedir al Padre que alejara de él el sufrimiento (Mc 14,36 y par.), mostrando así que éste no es bueno para el hombre, sino una carga indeseable. Ni siquiera las citas sobre el "seguimiento" (Mc 8,34s. y par.), que drásticamente ponen de relieve la inexorabilidad de la cruz, pueden ser absolutizadas sin correr el riesgo de la tergiversación. Estos textos, como otros similares (Cf. Mc 9,30ss. y par.), no pueden ser leídos fuera de su contexto, que, en los casos citados, es el del previo reconocimiento mesiánico (Mc 8,27ss. y par.) o el del entusiasmo glorificador del Tabor (Mc 9,2ss. y par.).

        El evangelio no es ni ascético ni hedonista, sino realista. Es exigente, pero en él sobreabunda la gratuidad. Así, cualquier intento de hacer de él un manual de ascética está condenado a la manipulación flagrante; cualquier proyecto hedonista a partir del evangelio deviene puro florilegio ideológico. Pero el evangelio, que, rezumando cercanía a la vida en todas sus páginas, nos asoma a aquel hombre que se llamó Jesús, no puede ser entendido más que en clave de alegría. Las escenas de boda, de fiesta, de disfrute de la amistad y de la naturaleza, de abundancia de pan y peces y vino..., de niños abrazados por él, o propuestos como espejo del Reino, o que juegan despreocupados en la plaza (Cf. Mt 11,16s.; Le 7,38)... colman de tal manera el relato cristiano que apenas si queda sitio en él para gestos ascéticos reñidos con la realidad.

      ( ... )   "La actitud del hombre actual frente al placer es la de conseguirlo y consumirlo, no la de acogerlo y convertirlo en fuente de crecimiento y de vida ( ... ) El placer-fin-en-sí-mismo termina por borrar todos los deseos y apagar el gusto por la vida". Pero si nuestra respuesta la extraemos, no de la experiencia neo-hedonista actual, sino de la experiencia protocristiana del evangelio, entonces cabe una especie de retorno al paraíso, una traducción positiva de la hedoné. Ello significa ampliar la vigencia del relato de Jesús a muchos ámbitos del relato de nuestra propia existencia, con frecuencia secuestrados al sinsabor y al miedo por medio de una ascética de vuelo corto. Ello "significa ver al prójimo con mirada serena y más madura; significa saber gozar de su alegría, mantener una relación positiva con nuestro cuerpo, el sexo, nuestra vida, nuestras cosas, nuestros proyectos y deseos; significa saber ver, apreciar, amar todo esto también en los demás. Significa saber gozar de nosotros mismos como María, en una madurez que excluye todo narcisismo y que es reconocimiento humilde, aunque jubiloso, de las 'maravillas' que el Poderoso cumple en cada uno de sus siervos (Lc 1,49). Entonces seremos capaces de donar nuestro gozo a los hermanos. Y gozar de nosotros mismos y del hermano significa participar del gozo que Dios es en su relación trinitaria".

 

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