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Microteología La oración como acto fundamental de la existencia humana

K. Rahner
Sobre la oración
Selecciones de Teología, nº 48, pag. 345 y sgs

En la vida humana hay realidades que no pueden ser captadas desde un punto exterior a ellas porque afectan y actualizan la totalidad del hombre. La plenitud del hombre no puede ser captada desde algún punto exterior a ella y que la haga comprensible de antemano. Lo que es el amor, la fidelidad, la angustia, o la esperanza solo se comprende en el acto que las realiza. No se puede enseñar fuera de ese acto.

Algo semejante ocurre con la oración.

La oración es un acto totalizante y fundamental de la existencia humana que la pone en marcha, confiada y amorosamente, hacia ese misterio al que llamamos Dios. Su posibilidad y su sentido sólo se captan en la oración misma. Se puede hablar de ella sólo desde la referencia a aquello que está siempre dado en el fondo de nuestra existencia y que Pablo llama «los gemidos inenarrables del Espíritu». Sólo desde aquí se puede acep tarla o declararla condenada a muerte.

...

Allí donde un hombre se acepta a sí mismo en la totalidad de su existencia y se experimenta como confrontado en un misterio incomprensible que abarca la existencia y que le deja ser inteligente y libre, allí se está realizando eso que llamamos oración y se está dando una experiencia de Dios.

La oración de petición

... sólo tiene sentido y es de veas oración ante Dios, cuando, junto con el deseo de algún determinado bien terreno por el que se pide, presupone el abandono absoluto del hombre a la decisión soberana de la voluntad de Dios. ... cuando ... se abandona sin condiciones a la incomprensibilidad de Dios (lo que solo puede hacerse en la fe, la esperanza y el amor)

Y a la vez hay que añadir una segunda cosa: el hombre que se ha abandonado confiada e incondicionalmente al misterio de Dios no es un arquetipo o un ideal abstracto. Es un hombre concreto con sus necesidades y sus dificultades vitales y cotidianas. Y ha de presentarse ante Dios tal como es, porque Dios le ha querido así y no religiosamente sublimado. No necesita transformarse para poder presentarse a Dios; puede presentarse como el que es realmente, con sus necesidades y sus preferencias concretas. Y mucho más cuanto que no sabe si su voluntad es aceptada por Dios como un querer que ha de ser cumplido, o como una voluntad que ha de quedar subsumida en la total entrega de sí.

Cuando el hombre se abre a Dios con esta doble polaridad de la entrega incondicional y del legítimo deseo concreto, ese hombre está realizando una oración de petición; y no necesita saber para ello cómo se compagina esa petición con la omnisciencia o la inmutabilidad de Dios..

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