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Microteología

Todo el que cree
anda como Jesús
sobre el mar

Holstein

El creyente es un viajero que camina por el borde del abismo. Lo propio de la fe es poder ponerse constantemente a sí misma en duda y no encontrar de nuevo su estabilidad sino en su mismo movimiento: Pedro caminó sobre las aguas, pero se hunde cuando duda de su fe en la llamada de Jesús.

La tentación constante en la fe es volverse atrás, dudar de la adhesión de donde procede el acto de fe ya sea porque dudo de su evidencia, ya sea porque considero que a mi fe actual le falta la generosidad de antaño. Las verdaderas tentaciones de la fe no proceden del exterior, sino de la duda íntima, que se nutre con mirada fija sobre un asentimiento que me parece una ilusión o una presunción. Es precisamente esta mirada interior la que debe purificarse por el encuentro en la oración humilde, con el Dios fiel. Yo creo únicamente por la gracia de Dios que me llama hacia El, no por mis buenos deseos, como pensaban los semipelagianos. Toda la iniciativa viene de Él: nosotros sólo podemos acoger el don de su misericordia: «En eso está el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn. 4,10)

En el origen de nuestra fe, debemos reconocer la fidelidad del Padre. Y estar seguros de que esa fidelidad no se desmentirá jamás. Dios no solamente lo hace todo, sino que a veces lo hace a pesar de nosotros; aunque muchas veces -como María junto al sepulcro- no le reconocemos. A menudo desesperamos de nuestra fe, como si fuese una empresa nuestra, incapaces de llevarla a buen término. Pero el Señor es fiel, y nos hace sentir la fuerza de su fidelidad: «Cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte» (2 Cor. 12,10).

Cada día debo comprender mejor que mi fe es una mirada incesante sobre la fidelidad de Dios: creer en el Dios fiel, es experimentar que Él es fiel.

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